Apuntes sobre la situación económica y la perspectiva política

El 3,3% de crecimiento del Producto Interno Bruto en los primeros tres meses de este año es el resultado más bajo desde 2010 en este índice que mide el desempeño de la economía nacional. Sin embargo la tendencia y el contexto actual no son comparables con los de hace casi una década.

desempleoEn 2010 una economía boliviana mucho más indefensa afrontaba los efectos de la caída abrupta del precio internacional de las materias primas provocada por el estallido de la crisis orgánica del capitalismo. El entonces regalo navideño del gobierno, el gasolinazo, reveló por un momento la verdadera naturaleza de la nacionalización del MAS: una renegociación de los contratos que el escenario internacional tornaba desventajosa para las multinacionales.

Sin embargo el viento de la demanda asiática empezó a soplar a favor de la producción de materias primas ya desde los primeros meses de 2011, permitiendo al gobierno de recuperar paulatinamente apoyo para salir airoso de la marcha por el TIPNIS de 2011 y de la huelga de la COB de 2012. La negociación con las multinacionales fue trasladada en espacios inaccesibles a las masas, como el de los incentivos vía costos recuperables, notas de créditos fiscal etc.

La tendencia hoy es diferente. El dato del primer trimestre de este año llega tras varios meses de crecimiento económico a un ritmo mucho más lento que antes, a esto se le llama desaceleración. Las escasas posibilidades de un repunte de los precios de las materias primas, por ejemplo por el estímulo del dinamismo de la economía china en que todos esperan, son contrarrestadas por una sobreoferta en la cual pesan factores económicos y geopolíticos. “Vivir bien” sin el impulso de las actividades extractivas es un reto que amenaza con absorber los recursos apartados durante la bonanza, incluso el capital político del MAS.

Confinar optimistamente la ralentización de la economía a las actividades extractivas, como hacen desde el MAS, es como alegrarse porque el paro solo afectó al corazón. Desde 2015 Bolivia ha venido importando casi tres mil millones de dólares más de lo que exportaba, y este déficit sigue empeorando en 2017. Se erosionan así las Reservas Internacionales Netas, obligando el gobierno a concesiones al capital financiero, como la eliminación del Impuesto a la Venta de Moneda Extranjera (IVME) o la reducción del encaje legal en dólares.

Con un cambio radical con relación al pasado reciente acumulamos el déficit mayor con los socios regionales, Brasil y Mercosur, y los estratégicos como China. En cuanto a las categorías económicas, el déficit comercial principal se concentra en maquinarias industriales y similares, indicio que los rubros económicos que crecen con mayor ímpetu están acumulando una sobrecapacidad productiva destinada a chocar con la insuficiencia de la demanda interna y la falta de competitividad en los mercados regionales.

Técnica y conceptualmente Bolivia no está en crisis ahora. Pero su economía depende en larga medida del gasto público que representa algo como el 77% del total invertido en el país, financiándose con los mayores ingresos por materias primas. Por esto recortar aún más el gasto público como sugieren empresariado, economistas burgueses, el FMI y la oposición es como pedir a un pobre que haga dieta hoy para no sufrir de hambre mañana. Sin embargo las eclécticas medidas implementadas por el gobierno para enfrentar el escenario adverso no descartan ni los ajustes en las tarifas de algunos servicios básicos, como la electricidad, ni los recortes a las administraciones descentralizadas con la invitación de Evo a estas a explorar todas las posibilidades de endeudamiento, es decir a preparar la crisis.

Se mantienen vigentes los incentivos a las multinacionales, entregándoles orgullosamente las áreas protegidas, pero al mismo tiempo se abren con ellas nuevas negociaciones para establecer el techo máximo de los costos recuperables. Aumentan las tarifas del gas industrial pero el empresariado es compensado con subvenciones para nuevas contrataciones de personal, que, de haber, podrá ser y será precario.

Se incrementan los límites máximos de las pensiones, con una sostenibilidad garantizada por los aumentos salariales pasados y sus repercusiones sobre el valor de las cotizaciones; pero al mismo tiempo el propio Evo, a pedido del empresariado, retira del parlamento la ley ya aprobada por la bancada del MAS para reglamentar la transformación de las empresas en quiebra o que violen la normativa laboral en empresas administradas por los trabajadores.

Orientarse en búsqueda de un hilo conductor en estas medidas contradictorias es menos complicado de lo que parezca. No apuntan al socialismo ni a fomentar la acción consciente de la masas, sino a amortiguar la crisis y contener la presión social, con el inevitable corolario de divisiones y paralelismos promovidos en las organizaciones sindicales y sociales, el reforzamiento de los elementos burocráticos del MAS, la separación de este partido de las luchas y la radicalización de sectores de vanguardia obrera y campesina.

La comparación entre los datos económicos y los del empleo demuestran que Bolivia necesita de un crecimiento muy próximo o superior al 5% para reducir significativamente el desempleo, que vuelve a subir, y de años con este ritmo para dignificar el trabajo con seguridad social y derechos laborales. Como visto la incidencia de las actividades extractivas sigue siendo no reemplazable ni siquiera con el arranque de los primeros proyectos de industrialización.

Bolivia no determina el precio internacional de las materias primas, pero la repartición de las ganancias con las multinacionales petroleras y mineras, establecida con la renegociación de los contratos hasta ahora vigente, ya no es sostenible para ninguna de las partes. Los tiempos maduran para un renovado sentimiento anticapitalista que, junto a la independencia de las masas, deben ser cultivados en cada lucha parcial que viviremos en el próximo futuro.