año aymara

Bienvenido seas a la lucha de clases, 2018


Damos la bienvenida al nuevo año con un optimismo que nace de las mismas razones por las cuales de todo lado se cuidan de su llegada.

La euforia por el fallo del TCP se va esfumando y lo que queda de ella durará aún menos. Lo confiesa el propio Evo anunciando un año duro de “lucha ideológica, política y partidaria”. No es la oposición, previsible, a la reelección indefinida lo que se teme, sino el desgaste de una prolongada campaña electoral que ofuscará la gestión y, como para el 21F, verá por largo rato Evo solo contra Evo, haciendo emerger la sarta de errores y recriminaciones.

Las resistencias al nuevo Código Penal y a los acuerdos con los agroindustriales demuestran que el gobierno será llamado siempre más a zurcir lo tejido, renegociar el respaldo en una situación de mayor debilidad y exposición y además sin los vientos a favor de la economía.

Más mueve en dirección de una relación clientelar con las corporaciones y los gremios empresariales, más necesitará cubrir su flanco izquierdo para “seducir”, como dice el vice, a su derecha. Pero más aumenta su control sobre los sindicatos, más debilita a su propia fracción sindical a los ojos de los trabajadores y el movimiento campesino e indígena organizado.

Un primer ejemplo lo tuvimos ya en las elecciones del sindicato de Huanuni. Los mejores precios han sacado la empresa de la profundidad de su crisis, sin resolver todas las cuestiones relativas a la ineficiencia que la gestión burocrática ha ocasionado en el ciclo productivo. Como consecuencia de aquello los trabajadores, que pagaron el costo mayor de la crisis, empiezan a retomar confianza en sí mismos. Tuvieron que intervenir tres buses de policías para avalar un fraude electoral a favor del frente AZUL, del MAS, e impedir la victoria del frente ORO, de la línea del apoyo crítico e independiente al gobierno. Un botón que vale de muestra.

La polarización social mina el capital político que el MAS utiliza para acreditarse en el país e internacionalmente, que es la paz social. Un sinfín de factores además de la reelección concurren a generar el clima de inestabilidad: el déficit fiscal y de la balanza comercial, la reducción de las inversiones públicas, la cuestión de las reservas de gas; la ruptura de todos los equilibrios políticos anteriores; la elección de Piñera y las tensiones con Chile; la renuncia de García Linera a ser nuevamente el acompañante de Evo… La lista es larga.

La oposición no se beneficia de este clima como esperaría. Presionada por un lado por la radicalidad de los movimientos ciudadanos contra la reelección por el otro por la existencia, confirmada en las judiciales con el voto en blanco, que hicimos nuestro, de una masa de electores insatisfechos con el “proceso de cambio” pero indisponibles a cambiar de bando, decidirá probablemente correr dividida apuntando a una segunda ronda en 2019.

El programa que perfilan, por ejemplo desde los Demócratas de Rubén Costas, de un federalismo socioliberal, que nace de años de confinamiento en el poder local, es útil a la hora de enfrentar el gobierno en cuestiones como el Pacto Fiscal y el derecho a una democracia participativa, pero le deja en manos conflictos regionales como el de Incahuasi que limitan su proyección nacional.

El juego sigue en manos de un MAS que pero navega a vista y sin rumbo. El líder carismático debía ser un símbolo, del esfuerzo colectivo que construye consciencia nacional, y un medio, del empoderamiento de los excluidos. Se ha vuelto, casi inevitablemente, en un fin detrás del cual se escudan la mediocridad y el servilismo burocrático. Hay Evo, no hay cambio.

No descartamos a priori la posibilidad de un viraje a la izquierda del gobierno. Si Evo tirara al basurero sus acuerdos con empresariado nacional y las multinacionales para atender demandas sociales y democráticas, se repondría a la cabeza de una lucha de masas, a la cual participaríamos, por definir el futuro de Bolivia. Nos parece pero que la crisis venezolana, el llamado de Evo a las FFAA a “identificar a los enemigos internos [del proceso]”  o las mismas dinámicas desencadenadas con la reelección, hagan este cambio poco probable.

Esto no significa que no habrá oposición interna al MAS, como la de la federación campesina de Santa Cruz contra los acuerdos con los agroindustriales, o las de Achacachi contra la imposición de autoridades. Como es natural estas luchas apostarán a su propia organización, al MAS y no escucharían ultimátum a abandonarla como los que suelen hacerle los sectarios. Pero encontrarán aún menos posibilidades para redefinir la línea política de un movimiento militarizado en la “lucha partidaria” para “identificar a los enemigos” y garantizar la reelección.

Es necesaria una organización de masa radicada en la clase obrera que sepa ofrecer a estas luchas el apoyo necesario con un programa revolucionario y la disponibilidad a unir fuerzas contra el enemigo de clase: empresarios, agroindustriales y multinacionales.

En la COB se ha reabierto el debate sobre el instrumento político de los trabajadores, el PT. Como ya analizamos en otros escritos, Mitma retoma esta bandera con la vista puesta a su lucha contra la fracción sindical del MAS y en defensa del prestigio de la burocracia sindical. Apela a los sectores movilizados y a los herederos de las luchas del agua y el gas diluyendo su discurso y asumiendo una fraseología democratizante de clase media.

Así pasa por encima no solo de la burocracia sindical masista, sino también de las aspiraciones obreras y de todos aquellos sindicatos que proponen el PT. Lo correcto es en cambio justificar claramente la necesidad del PT en el debate, en un congreso en el que se confronten abiertamente las posiciones favorables y contrarias que anime la participación de las bases. Sería suficiente una resolución sometida al voto en cada sindicato, en vez del sólito documento político escrito al final mientras la platea se ocupa de quien elegir como dirigente. Este es el trabajo que proponemos organizar a los compañeros trabajadores de base.

Desde Evo a la oposición pasando por grupos de izquierda, la prensa y la burguesía nacional, se mira con inseguridad a la polarización social que vuelve a dividir el país sin, esta vez, el marcado protagonismo obrero y campesino de hace una década ya. La principal característica de un revolucionario es, en cambio, la confianza en el movimiento de masa, su capacidad creadora y de interpretar la tendencia histórica a la superación del capitalismo. Una nueva época de luchas empieza. Nos veremos ahí.