El legado del Che y la revolución latinoamericana


El 8 de octubre se cumplen 40 años del brutal asesinato de Ernesto Guevara de la Serna a manos del ejército boliviano. Cuarenta años después de haberle quitado su vida al Che la clase dominante sigue sin poder matar el ejemplo de lucha y heroísmo que para millones de jóvenes y trabajadores en todo el mundo representa el gran revolucionario latinoamericano.
Para los jóvenes y trabajadores revolucionarios recordar hoy al Che, además de un homenaje justo y necesario, es una oportunidad de conocer mejor y debatir sus ideas. Intentaremos acercarnos a la inmensa figura humana y política del Che como creemos que debe hacerlo siempre un revolucionario, y a cómo él siempre intentó abordar todos los procesos, analizando al hombre y al contexto económico y político que lo rodeaba, y tomándolo no como se toma un mito religioso sino como lo que es: un líder revolucionario cuyo ejemplo sigue profundamente vivo, intentando así pues repetir sus aciertos y aprender de sus errores.

El Che, hombre y revolucionario

El Che nació en 1928 en la ciudad argentina de Rosario. Su padre era constructor y arquitecto y su madre poseía algunas tierras. Los padres del joven Ernesto siempre mostraron una gran preocupación por su formación intelectual y humana y realizaron un importante esfuerzo para ofrecerle una educación muy completa.
Desde muy joven el Che demostró no sólo sus cualidades intelectuales sino ese infatigable espíritu de lucha e instinto de superación que destacan con admiración todos los que lo conocieron. A pesar de ser un joven de salud muy frágil (es conocido que desde niño era asmático) luchó a lo largo de toda su vida por superar este obstáculo y tener una vida plena, combinando el estudio de la medicina, su afición al arte (particularmente la poesía) y la práctica del deporte. A pesar de su enfermedad, jugaba en el equipo de rugby de la universidad.
Posteriormente seguiría luchando durante toda su vida, no sólo contra la enfermedad sino contra todos los obstáculos que se le presentaron, para ofrecer esa vida plena a la causa de la revolución.
El Che no empezó a militar políticamente tan joven como otros revolucionarios. En realidad, como varios de sus familiares y amigos explican en sus recuerdos, era un joven lleno de vida y sensibilidad que en sus primeros años, más que mostrarse inclinado a la teoría y la práctica política, se caracterizaba por un profundo sentimiento de solidaridad y fraternidad hacia los demás seres humanos. Fue el choque entre esta sensibilidad y humanidad tan profundamente arraigadas y la injusticia y miseria que el joven estudiante de medicina argentino descubrió en el mundo que lo rodeaba, lo que lo impresionó profundamente y lo empujó a buscar a lo largo de toda su vida un camino para luchar contra la injusticia.
Varios viajes por América y su actividad como médico lo pondrán en estrecho contacto con las tremendas injusticias que vive el continente. “Recorrimos la parte más baja del pueblo, hablamos con varios mendigos, nuestras narices inhalan la miseria”. Solamente un dato da una idea de la profunda injusticia social que devora el continente: sobre un conjunto de 19 países, un promedio del 1,74% de la población, los grandes propietarios, poseen el 64,9% de la propiedad mientras el 72,6% poseen el 3,74%.
A medida que iba madurando como persona y como revolucionario, el Che fue mostrando un creciente interés por la teoría marxista. La propia necesidad de encontrar una explicación al mundo que lo rodeaba y un camino para transformarlo fueron haciendo evolucionar ideológicamente al joven revolucionario, idealista y humanista, caracterizado por una profunda solidaridad con el sufrimiento humano y una inquebrantable voluntad de lucha contra la injusticia pero que todavía no se había decantado por el marxismo como ideología que guiase su acción, hacia las ideas del socialismo científico.
Una de las cualidades que más llama la atención del Che, es su constante capacidad para hacerse nuevas preguntas e intentar ver el mundo con ojos nuevos: aprender de los errores, descubrir nuevas ideas, buscar nuevos caminos en su constante lucha por la liberación del ser humano.
Esto es lo que explica en última instancia su inconformismo político, su capacidad para criticar el burocratismo y el conservadurismo que amenazan a cualquier proceso revolucionario, sus discursos críticos contra la burocracia de la URSS y contra muchos dirigentes comunistas por su falta de compromiso en la extensión de la revolución a todo el mundo y, en definitiva, su búsqueda incansable de un camino para llevar a cabo esa extensión internacional de la revolución. Según distintas fuentes, en sus últimos meses de vida el Che estaba intensificando y ampliando el estudio del marxismo y haciéndose muchas preguntas, incluso parece que estaba estudiando algunos textos en aquella época prohibidos prácticamente para muchos revolucionarios como los trabajos de Trotsky acerca de la imposibilidad de construir el socialismo en un solo país y la necesidad de la revolución mundial.

La lucha de clases en América Latina

Durante los años 50 y 60 serán muchos los jóvenes estudiantes e intelectuales latinoamericanos que, como el Che, quedarán impresionados con la miseria y opresión que sufren los pueblos del continente. Estos jóvenes se radicalizarán al tomar plena conciencia del enorme atraso y dependencia del imperialismo en el que, tras más de un siglo de independencia política formal, siguen viviendo sus países. Influidos por las luchas obreras y campesinas en ascenso, muchos de ellos buscarán una salida revolucionaria a esta situación en las ideas del marxismo.
A lo largo de sus viajes por toda América Latina el Che pudo comprobar por sí mismo cómo la enorme capacidad creativa de las masas y sus deseos de alcanzar una vida digna chocaban una y otra vez con la opresión del imperialismo. En su propio país natal, Argentina; en el vecino Perú, en esa Bolivia donde finalmente verá la muerte, o en las geográficamente más alejadas, pero cada vez más cercanas en su corazón de revolucionario latinoamericano, Cuba, Guatemala o México, el Che empezará a comprender cada vez con más claridad que los problemas de todos los oprimidos de América Latina son los mismos y que sólo luchando todos unidos contra el imperialismo y contra los capitalistas de cada país podremos obtener la libertad y un futuro digno.
Sin embargo, estas conclusiones que sacaban el Che y otros muchos jóvenes revolucionarios de su generación nada tenia que ver con lo que pensaban la gran mayoría de los gobernantes latinoamericanos y los propios capitalistas de cada uno de estos países. Las burguesías latinoamericanas, a causa del desarrollo tardío del capitalismo en estos países, establecieron desde el principio una relación de dependencia económica y sumisión política con los países capitalistas avanzados.
El imperialismo, primero con la ocupación militar directa y luego mediante la hegemonía económica de los grandes bancos y multinacionales moldearon en estos países una economía dependiente, especializada sobre todo en la exportación de materias primas y mercancías poco elaboradas y de bajo precio, destinadas a las industrias europeas y luego también norteamericanas, a cambio de productos elaborados.
Este intercambio desigual ha desangrado durante décadas a las economías de los países coloniales y semicoloniales y, unida a otros mecanismos como los préstamos que han hecho crecer exponencialmente la deuda de estas economías con los capitalistas de los países avanzados, representan un lastre que impide el pleno desarrollo y disfrute de todo su potencial económico y social y mantiene todavía hoy a la gran mayoría de los pueblos de América Latina, África y Asia sojuzgados y dominados por un puñado de multinacionales.

Incapacidad de las burguesías latinoamericanas

A causa de este desarrollo desigual del capitalismo, que combina en cada uno de estos países atrasados la introducción del capitalismo en su fase más avanzada, el dominio del mercado mundial por las grandes multinacionales, la plena extensión de la gran producción capitalista a todo el mundo y la concentración de la riqueza cada vez en menos manos (todo eso que hoy los capitalistas denominan eufemísticamente globalización) coexiste en estos países con el mantenimiento de formas de explotación de origen feudal o semifeudal como los latifundios en manos de la aristocracia terrateniente.
Las burguesías nacionales de estos países se ven incapacitadas para jugar ningún papel revolucionario, ni siquiera son capaces de desarrollar seriamente las fuerzas productivas en cada uno de estos países. Por ejemplo, una de las tareas clásicas de la revolución burguesa en la época de nacimiento y expansión del capitalismo fue la reforma agraria y la eliminación radical de las relaciones de tipo feudal en el campo; medidas que favorecieron el desarrollo comercial e industrial. La burguesía francesa e inglesa, apoyándose en las masas populares, llevaron a cabo estas tareas.
En los países latinoamericanos, en cambio, una buena parte de los capitalistas y banqueros son también grandes propietarios de latifundios o tienen su dinero invertido en la ganadería, etc. Al mismo tiempo las familias de la vieja aristocracia terrateniente tienden a invertir también sus capitales en esos mismos bancos e industrias. En muchos casos la fusión de estos dos sectores de la clase dominante incluso se oficializa en matrimonios entre miembros de uno y de otro sector de la clase dominante. Estas burguesías que se van formando en cada país dependiente se ven a su vez atadas por miles de lazos económicos que establece el desarrollo del mercado mundial (compra y venta de productos, inversiones y negocios conjuntos, etc.) a los grandes explotadores imperialistas.
El resultado de todo ello es el surgimiento de esa oligarquía, enemiga acérrima de la reforma agraria y en general de cualquier cosa que huela a pueblo y a revolución que tan bien conocemos y que sigue dominando hoy el continente. Esta oligarquía ya impidió el sueño de una revolución democrático-burguesa exitosa que anhelaron los próceres como Miranda, Bolívar, Sucre, San Martín,… y durante casi dos siglos ha frenado toda iniciativa revolucionaria de las masas que tuviese como objetivo unificar y desarrollar todo el inmenso potencial y energía que poseen las economías y sociedades de América Latina. El único papel que las burguesías nacionales latinoamericanas pueden jugar es el de saquear las riquezas y malvenderlas a sus socios imperialistas, como han venido haciendo durante los últimos dos siglos.
Esta idea se ha visto confirmada por el desarrollo de distintos procesos revolucionarios en todo el mundo, y en particular en Latinoamérica, durante los últimos siglos. Desde la propia experiencia de Bolívar, olvidado y apartado del poder por una clase dominante que no estaba interesada en ir más allá de una independencia política formal que le permitiese sustituir el dominio español por el de otras potencias imperialistas que le ofreciesen más libertad y mejores condiciones para sus negocios, hasta el brutal asesinato de Sandino a manos del imperialismo yanqui con la colaboración de la burguesía nacional, pasando por el drama de la Cuba de la primera mitad del siglo, transformada por los oligarcas, y por títeres como Batista y otros, del país libre que soñó Martí en el patio trasero de la burguesía norteamericana.

El Che en la revolución guatemalteca

La experiencia de los distintos movimientos antiimperialistas y revolucionarios que se dan en los años 30, 40 y 50 en distintos países latinoamericanos, y que en un caso tras otro, la burguesía nacional traiciona y aplasta con ayuda del imperialismo, tendrá una influencia decisiva en la evolución ideológica de toda esa generación de jóvenes revolucionarios en la que se incluye el Che.
El Che vive en carne propia la experiencia del acoso y derrocamiento del régimen revolucionario de Jacobo Arbenz en Guatemala por parte del imperialismo. Esta experiencia es decisiva en su maduración política. “Estos ataques, junto con las mentiras de la prensa internacional, han despertado a los indiferentes. Un clima combativo predomina aquí. Me he ofrecido como voluntario para los servicios de ayuda medica y me he registrado en la brigada juvenil para recibir instrucción militar e ir a la lucha en caso de que sea necesario.”
Arbenz, un nacionalista que se había enfrentado con el imperialismo e intentaba impedir que la multinacional United Fruit siguiese dominando a sus anchas la economía del pequeño país centroamericano, se vio desestabilizado por el criminal sabotaje económico de los capitalistas guatemaltecos y del imperialismo y fue derrocado finalmente por una invasión estadounidense en 1954 que contó con el apoyo de todos los sectores decisivos de la burguesía nacional.
Arbenz había planteado la posibilidad de una revolución antiimperialista y democrática pacífica. En su evolución bajo la presión de la lucha de clases, Arbenz llegó a proponer al Partido Comunista entrar en el gobierno. Pero los dirigentes del PC rechazaron esta idea y en lugar de proponer a Arbenz y sus seguidores expropiar a los capitalistas para romper así su control de la economía y desmantelar el estado burgués y sustituirlo por un estado obrero basado en soviets (comités de representantes elegibles y revocables por asambleas) insistieron en que la revolución debía respetar la propiedad privada de los medios de producción y mantenerse dentro de la economía de mercado.
El resultado fue que la burguesía pudo utilizar todo su poder para ir minando la base social de la revolución y, finalmente, cuando las condiciones se lo permitieron, intervenir militarmente. Arbenz salió del país y el PC -atado a la teoría estalinista de que el papel dirigente de la revolución le correspondía a la burguesía progresista- desaprovechó una vez más su oportunidad de hacer un llamado a la resistencia de las masas y ponerse al frente de la lucha con un programa socialista.
El Che es todavía un revolucionario inexperto y en formación pero con su instinto de revolucionario comprende, como lo hacían miles de jóvenes y trabajadores en todo el mundo, que sí había condiciones para luchar y que no eran esas políticas vacilantes las que se necesitaban. “En Guatemala era necesario luchar pero casi nadie luchó. La resistencia debió ser implementada pero casi nadie quiso hacerlo.”
Sus propias opiniones radicales y su compromiso con la revolución guatemalteca motivaron su expulsión de Guatemala por ser considerado por el nuevo régimen títere del imperialismo de Castillo Armas “un peligroso comunista argentino”.

La revolución por etapas y la revolución permanente

La experiencia revolucionaria de Guatemala, como la de otros procesos de carácter nacionalista y antiimperialista derrotados de forma muy similar, dejó una profunda huella en el corazón y la psicología de miles de revolucionarios que, como el Che, los habían apoyado con entusiasmo.
En realidad, el desarrollo del proceso en Guatemala, y en otros muchos países que habían intentado anteriormente enfrentarse al dominio del imperialismo y la oligarquía y construir una genuina democracia con justicia social y verdaderamente libre e independiente había sido previsto décadas antes por dirigentes marxistas como Lenin y Trotsky.
La teoría de la revolución permanente, formulada a principios del siglo XX por el revolucionario ruso León Trotsky, explicaba -partiendo del caso ruso pero extendiéndolo a todos los países en los que el capitalismo se había desarrollado tardíamente- que, a causa de todos los factores económicos y sociales que antes explicábamos al analizar el desarrollo de estas sociedades, la llamada burguesía nacional era incapaz de jugar un papel progresista (no digamos ya revolucionario) por todos estos vínculos que la unían estrechamente al imperialismo y a la aristocracia latifundista. Únicamente el proletariado urbano, ganándose como aliados a los campesinos y demás sectores oprimidos -pequeña burguesía urbana y rural, semiproletarios, etc.- tenía la fuerza, el interés y la capacidad suficiente para eliminar las reminiscencias feudales y la opresión imperialista.
Sólo rompiendo con el sistema capitalista, nacionalizando todos los recursos del país bajo el control de los trabajadores, y extendiendo la revolución a nivel internacional, es como las tareas democráticas se podían realizar y mantener plenamente. Con estas ideas habían dirigido Lenin y Trotsky la Revolución Rusa y eran la base de la estrategia y programa de la Tercera Internacional.
Sin embargo, el desarrollo de una burocracia en la URSS bajo el gobierno de Stalin que usurpó el poder de manos de los trabajadores supuso su abandono. En su lugar, Stalin resucitará bajo una forma levemente modificada la teoría menchevique de las dos etapas, que concibe la revolución democrática (o antiimperialista) y la socialista como dos procesos absolutamente separados y concibe el primero en el marco del capitalismo y bajo la dirección de una supuesta (y, como ya hemos visto, inexistente) burguesía nacional progresista. Sólo después de que esta burguesía progresista, apoyada por los trabajadores, realice la reforma agraria y la liberación del imperialismo, tras una etapa de desarrollo del capitalismo nacional que puede durar varias generaciones, podría producirse una revolución socialista. El problema de esta teoría es que, en todos los procesos revolucionarios en que se ha ensayado, ha conducido a la más brutal de las derrotas.

El estalinismo y la revolución latinoamericana

Los partidos comunistas latinoamericanos, avalados por su vinculación a la revolución rusa (que había establecido el primer estado obrero de la historia, estaba experimentando los enormes avances económicos que permite la economía estatizada y planificada y, en la Segunda Guerra Mundial, había sido la tumba del fascismo) estaban obteniendo un apoyo creciente. Al mismo tiempo, la lucha heroica y el trabajo incansable de sus militantes en la fábricas y en el campo, les estaban permitiendo ganar importantes posiciones, especialmente en el movimiento obrero, y convertirse en un punto de referencia para la lucha revolucionaria.
Pero la estalinización de las dirigencias de todos los Partidos Comunistas significó que muchos cuadros y militantes que no compartían las ideas estalinistas fueran purgados y eliminados. En todos los casos el debate democrático de ideas que había caracterizado el centralismo democrático leninista fue sustituido por la imposición de la línea estalinista de arriba abajo, por ese “centralismo burocrático” que tantas expulsiones, purgas y decepciones ha causado.
La estrategia impuesta por Moscú arrastrará a muchos dirigentes de los Partidos Comunistas latinoamericanos a apoyar una y otra vez la idea de que las revoluciones antiimperialistas debían permanecer dentro del capitalismo e incluso en algunos casos a apoyar a representantes de la clase dominante claramente reaccionarios con la argumentación de que representaban al sector progresista de la burguesía. Un dato poco conocido, y que puede sorprender a muchos lectores, es que la dirección estalinista del PC cubano participó en 1942 con dos ministros en el gobierno burgués de Batista (el dictador que derrocarán Fidel y el Che), e, incluso más tarde, cuando estos lanzan la guerrilla, serán atacados con todo tipo de acusaciones (“aventureros”, etc.) El propio Raúl Castro fue expulsado del Partido por oponerse a esta política.
El resultado de las políticas estalinistas fue que, a pesar de la honradez y combatividad innegables de los militantes comunistas, los partidos -tras aplicar esta línea en diferentes países y procesos revolucionarios- se verán debilitados. Numerosas oportunidades revolucionarias son desaprovechadas y en algunos casos los mismos gobiernos burgueses apoyados por el PC responden con la ilegalización del partido y la persecución brutal contra sus militantes.
Lamentablemente, durante todo este período histórico, las ideas de Trotsky (que eran la continuación de las de Lenin y que podían haber representado una alternativa a esta línea errada) no pudieron ser conocidas y estudiadas por los militantes del movimiento revolucionario, y en particular por los luchadores comunistas. Estas ideas estaban aisladas y eran sistemáticamente deformadas y atacadas. La burocracia que dominaba la URSS, y en primer lugar el propio Stalin, se aprovecharon del prestigio y la autoridad que le concedían los enormes avances económicos y sociales que permitía la economía estatizada y planificada, así como la victoria heroica del pueblo ruso en la Segunda Guerra mundial contra el nazismo (a pesar de los errores del propio Stalin) para ganar el apoyo de millones de trabajadores en todo el mundo e identificar estos éxitos no como resultado de la economía planificada y la lucha revolucionaria de las masas sino como fruto de su acierto individual.
La burocracia, envuelta en el prestigio de dirigir el primer estado obrero de la historia, intentó identificar el régimen dictatorial y burocrático que entonces existía en la URSS con el socialismo, y las burdas teorías de Stalin sobre el socialismo en un solo país o la alianza con los capitalistas progresistas para llevar a cabo la llamada revolución democrática, con el marxismo. Durante décadas centenares de miles de revolucionarios recibirán una visión distorsionada y caricaturizada del marxismo. En particular, la vida y las ideas de Trotsky, el compañero de lucha y continuador de la herencia de Lenin, y el hombre que fue asesinado por Stalin por encabezar la lucha contra la burocratización, serán sepultadas bajo toneladas de calumnias y mentiras.
Los errores ultraizquierdistas y sectarios que cometieron en distintos momentos algunos grupos que se declaraban “trotskistas” pero cuyas ideas y métodos tenían bien poco que ver con las verdaderas ideas de Trotsky, que siempre defendió trabajar pacientemente dentro de los movimientos de masas y dirigirse de un modo compañero a las bases de las organizaciones socialistas y comunistas explicando las genuinas ideas del marxismo, también ayudaron en algunos casos a los dirigentes reformistas y estalinistas a intentar mantener a las masas separadas de las auténticas ideas de Trotsky.

El Che, Trotsky y Stalin

El Che, a través de su experiencia y del estudio del marxismo, llegará a conclusiones que en algunos aspectos se acercan de forma increíble al análisis realizado por Trotsky a principios de siglo sobre la imposibilidad de que ningún sector de la burguesía desempeñe ningún papel transformador en las revoluciones latinoamericanas.
Algunos sectores estalinistas intentan aducir determinadas citas en las que el Che habla favorablemente de Stalin para negar este cuestionamiento por parte del Che, a lo largo de su evolución política, respecto a muchas de las políticas y métodos que caracterizan al estalinismo. Como explicábamos antes, una buena parte de la generación del Che admiraba a la URSS por los éxitos de la economía planificada y la victoria contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial y, como hemos dicho anteriormente -a causa de la propia propaganda estalinista y del aislamiento de las ideas del trotskismo- identificaban los éxitos de la URSS con la figura de Stalin. Sin embargo es innegable que, a medida que el Che fue evolucionando política e ideológicamente, una buena parte de sus conclusiones políticas (extensión de la revolución, ausencia de ningún sector dentro de la burguesía dispuesto a apoyar la revolución, etc.) iban en dirección totalmente opuesta a todo lo que representa el estalinismo.
“(…) en muchos países de América existen contradicciones objetivas entre las burguesías nacionales que luchan por desarrollarse y el imperialismo que inunda los mercados con sus artículos para derrotar en desigual pelea al industrial nacional, así como otras formas o manifestaciones de lucha por la plusvalía y la riqueza.
No obstante estas contradicciones, las burguesías nacionales no son capaces, por lo general, de mantener una actitud consecuente de lucha frente al imperialismo. Demuestra que temen más a la revolución popular, que a los sufrimientos bajo la opresión y el dominio despótico del imperialismo que aplasta a la nacionalidad, afrenta el sentimiento patriótico y coloniza la economía. La gran burguesía se enfrenta abiertamente a la revolución y no vacila en aliarse al imperialismo y al latifundismo para combatir al pueblo y cerrarle el camino a la revolución.” (Cuba ¿Excepción histórica o vanguardia en la lucha contra el colonialismo?, E. Guevara. Revista Verde Olivo, 1961).
Viendo el desarrollo que posteriormente tuvieron las ideas del Che, y el enfrentamiento que -como más adelante veremos- llegó a tener con la burocracia de la URSS y con muchos de los dirigentes estalinistas latinoamericanos, es bastante probable que, si en aquel entonces hubiese tenido acceso -sin ninguna tergiversación o deformación- a las ideas reales de Trotsky, hubiese podido coincidir con muchas de las conclusiones que el gran revolucionario ruso sacó de sus análisis sobre el estalinismo.
En el contexto social de las revoluciones de 1905 y 1917 respectivamente, la movilización de la clase obrera estaba en claro ascenso y el surgimiento de los soviets, como organismos de lucha unitarios surgidos de la experiencia y necesidades de la clase obrera que se extendían al campo y los cuarteles y unificaban la lucha revolucionaria de todos los explotados, ofrecía una solución a la contradicción entre las necesidades de las masas de construir una nueva sociedad y la incapacidad de la burguesía rusa para hacerlo y el papel de freno que desempeñaban las teorías etapistas de los mencheviques.
Trotsky primero, y Lenin con posterioridad, supieron verlo y llegaron a la conclusión no sólo de la imposibilidad de que ningún sector de la burguesía jugase un papel revolucionario sino que el papel dirigente de la revolución sólo podía desempeñarlo la clase obrera aglutinando a todos los explotados a su alrededor y, por tanto, la tarea central de los revolucionarios era trabajar dentro del movimiento obrero para ganar a los activistas obreros más avanzados para las ideas del marxismo y conseguir la dirección del movimiento obrero.
Sólo una organización obrera revolucionaria con un programa socialista, como logró ser el Partido Bolchevique, podría convertir el movimiento instintivo y desorganizado de todos los explotados (obreros, campesinos y soldados) por un cambio social profundo en un movimiento unificado, consciente y organizado que permitiese romper definitivamente con el capitalismo y construir el socialismo.
Pero el contexto social en el que el Che y muchos de sus compañeros luchaban por encontrar una solución a las insoportables contradicciones que desgarraban a las economías y sociedades latinoamericanas estaba caracterizado no por las victorias de la clase obrera y su papel dirigente al frente de la lucha de las masas sino por el hecho de que todos los intentos que hacía una y otra vez el movimiento obrero por ponerse al frente de los explotados eran frenados o desviados por los dirigentes reformistas o, peor aún, por los estalinistas, que se beneficiaban -como antes decíamos- del prestigio de la revolución rusa y por así decirlo frenaban la revolución…¡en nombre de la revolución!.

La revolución, paralizada

La ausencia de organizaciones genuinamente marxistas con un apoyo de masas y la persistencia de las políticas estalinistas y reformistas al frente del movimiento obrero provocaron un impasse en el desarrollo de la revolución a escala mundial y en particular en América latina. La clase dominante no es capaz de seguir desarrollando la economía y la sociedad pero al mismo tiempo la única clase que por su papel en la producción puede tomar el poder y empezar a construir el socialismo, el proletariado, se ve paralizado por sus direcciones reformistas y estalinistas.
Este impasse empujará a los sectores más radicalizados de los obreros, campesinos y jóvenes de América Latina a buscar diferentes atajos hacia la revolución intentando salir del callejón sin salida en el que se encuentra la lucha de clases. Una de estas vías para responder a la incapacidad del reformismo y el estalinismo de ofrecer una salida a la lucha revolucionaria de las masas es la lucha de guerrillas.
Ante el vacío existente, por los errores de los dirigentes de los partidos y sindicatos obreros, los revolucionarios latinoamericanos buscan, de un modo instintivo, una salida. Muchos optan por la vía de un enfrentamiento directo de una vanguardia armada de revolucionarios contra el Estado, que estimule a los campesinos, y extienda el foco guerrillero hasta convertirlo en una insurrección y la toma del poder. El Che desempeñará un papel fundamental en la elaboración de la estrategia guerrillera.
En México el Che se encuentra con Fidel Castro, joven dirigente procedente de las filas del Partido Ortodoxo, un movimiento democrático y antiimperialista, que había logrado agrupar en las décadas anteriores a amplios sectores de clase media e incluso de origen burgués y había logrado también una cierta base social entre trabajadores y sectores populares. Sin embargo, demostrando una vez más lo que decíamos anteriormente acerca de la incapacidad tanto de la burguesía como de la pequeña-burguesía para encabezar ningún movimiento revolucionario serio de masas, la política de los dirigentes burgueses y pequeño-burgueses de estos Partidos y movimientos democráticos se caracterizaba por el hecho de que tendían una y otra vez a buscar acuerdos por arriba con los sectores decisivos de la oligarquía y nunca eran capaces de mostrar a las masas un camino claro para solucionar sus problemas.
Fidel precisamente representaba a los sectores más de izquierda de su partido, que descontentos con la política vacilante y conciliadora de la dirección y repelidos por la orientación oportunista, busca un camino revolucionario. Fidel se convierte en un símbolo de la lucha de toda esta capa de jóvenes revolucionarios contra el sistema tras realizar el asalto al Cuartel de Moncada.

El Movimiento 26 de Julio

Tras unos primeros pasos muy difíciles para la guerrilla integrada por unas decenas de revolucionarios llegados a bordo del barco Gramma a la isla, el Movimiento 26 de Julio liderado por Fidel Castro y en el que cada vez tiene una posición más destacada el Che empieza a llenar el vacío político que existe. La dictadura de Batista y, más aún, el propio sistema capitalista cubano estaba en total descomposición. Las masas necesitaban un cauce para expresar su malestar y una esperanza en la que creer y, tras haber fracasado los dirigentes de los partidos burgueses y pequeñoburgueses y el propio PC estalinista en ofrecer ese cauce, fue el arrojo de los jóvenes luchadores revolucionarios del 26 de julio el que infundió esa esperanza
El régimen de Batista era una fruta podrida que podía derrumbarse en cualquier momento pero faltaba el empujón decisivo. Las masas esperaban un llamado a entrar en acción y veían cada vez con más simpatía a los guerrilleros pero la lucha entre estos y el estado burgués se prolongaba sin que aparentemente ningún bando acabase de darle el golpe decisivo al otro, particularmente sin que la guerrilla acabase de encontrar la suficiente fuerza para barrer definitivamente la estructura del estado, ya que este se sostenía cada vez más por inercia. Ante la posibilidad de un golpe de Estado de los altos oficiales tras la huida de Batista, y debido a la debilidad del ejército guerrillero para garantizar por sí mismo la victoria, Fidel se ve en la necesidad de hacer un llamado a la huelga general. La respuesta de los trabajadores, que durante una semana paralizan La Habana, muestra la enorme capacidad de lucha del proletariado cubano y será el factor decisivo que hace caer al régimen.

Cuba revolucionaria

La guerrilla que tras dos años de heroica lucha contra el ejército de Batista goza de una autoridad y apoyo enormes, toma el poder. Su primera propuesta es un gobierno de coalición de todos los partidos democráticos para emprender la democratización del régimen.
En realidad, las ideas iniciales del Movimiento 26 de Julio fundado, entre otros, por Fidel y el Che no eran un programa socialista acabado. De hecho, el objetivo inicial proclamado por el Movimiento es derrocar al dictador y volver a la Constitución cubana de 1940. Esto significaba una democracia burguesa con reformas democráticas y mejoras sociales amplias. Fidel, ya en el poder, intenta tranquilizar a la asociación de banqueros pidiéndoles su colaboración para modernizar la economía y prometiéndoles que no tenía “ninguna intención de nacionalizar ninguna industria”. Sus ideas revolucionarias se irán modificando y radicalizando sobre la marcha, bajo la presión de los acontecimientos. Para poder cumplir su programa revolucionario deberán enfrentarse al sabotaje de la burguesía y del imperialismo y profundizar la revolución nacionalizando las palancas fundamentales de la economía.
Una vez la guerrilla ha tomado el poder, Fidel y Che, adoptan medidas de tipo socialista como la nacionalización de los sectores básicos de la economía. Empiezan por las azucareras, seguirán las empresas relacionadas con el petróleo y finalmente todas las industrias básicas. Esas medidas no eran parte de un plan preconcebido sino que venían dictadas por la necesidad de hacer frente al colapso económico del débil capitalismo cubano, de hacer una realidad la reforma agraria y las mejoras sociales.
Esto era una confirmación brillante de la teoría de la revolución permanente de León Trotsky, según la cual el desarrollo específico del capitalismo en los países atrasados hacía que la revolución democrática y la socialista se fusionaran, con la peculiaridad de que en este caso la clase obrera industrial, aunque había sido decisiva para llegar al poder, no era quien dirigía el proceso sino la guerrilla campesina en su nombre. El régimen de economía nacionalizada y planificada resultante ha supuesto, desde todos los puntos de vista, una conquista enorme para el pueblo cubano. La industria creció un 50% entre 1959 y 1965, el analfabetismo, el hambre y numerosas enfermedades que asolaban a las masas han sido erradicadas. El número de médicos por habitante en Cuba es de los más altos del mundo y la tasa de mortalidad de niños sólo es menor en USA y Canadá en el hemisferio occidental. Estos avances dan una idea de la magnitud de las conquistas que han supuesto la revolución cubana y la economía planificada y son las que explican el mantenimiento hasta hoy del régimen revolucionario cubano a pesar del criminal bloqueo y hostigamiento del imperialismo.
Para cualquier revolucionario que quiera merecer ese nombre defender estas conquistas (tanto contra el bloqueo imperialista yanqui como frente al intento restablecer el capitalismo en la isla) es un deber irrenunciable. Al mismo tiempo es necesario comprender que el destino de la revolución cubana se decidirá finalmente a escala internacional. Sólo la extensión de la revolución a otros países puede garantizar, a largo plazo, el mantenimiento de las conquistas revolucionarias y que éstas avancen hacia el socialismo.

El Che y la extensión de la revolución

De hecho, los primeros años de la revolución cubana estarán marcados por tensiones muy importantes entre un sector de los dirigentes cubanos encabezados por el Che y en ocasiones Fidel, que defienden la extensión de la revolución al resto de Latinoamérica, y la cada vez mas degenerada burocracia rusa que ve con temor esta posibilidad ya que serviría de ejemplo a todo el mundo y podría dar lugar al surgimiento de un Estado obrero sano, algo que podría impulsar la lucha de los trabajadores rusos por recuperar el control del estado y amenazaría sus privilegios.
Los choques entre el Che y la burocracia rusa, por éste y otros motivos, irán en aumento. Che Guevara, a cargo del Ministerio de Industria, denuncia en el Segundo Seminario Económico Afroasiático (Argel, 1965) la falta de solidaridad de la URSS y sus satélites europeos con los países subdesarrollados e incluso habla de complicidad con el imperialismo: “¿Cómo se puede hablar de recíproca utilidad cuando se venden al precio del mercado mundial las materias primas que cuestan sudor y sangre y padecimientos a los países atrasados y se compran a los precios del mercado mundial las máquinas (…). Los países socialistas tienen el deber moral de poner fin a su tácita complicidad con los países occidentales explotadores”.
En la Segunda Declaración de La Habana, y en documentos y discursos del Che, se critica el freno a la extensión de la revolución. “La misión de los partidos comunistas es estar a la vanguardia de la revolución pero lamentablemente ocurre que, en casi toda Latinoamérica, están a la retaguardia” (Entrevista con Eduardo Galeano en 1964, Entrevistas y artículos, Ed. del Chanchito, 1988).

En Bolivia

Sus contactos con la miseria y explotación de las masas en África, Asia y América lo reafirman en estos planteamientos y, según denuncian varios colaboradores suyos, esto aumenta los choques con la URSS. El Che, tras apoyar al guerrillero venezolano Douglas Bravo enfrentado al PC oficial controlado por Moscú, volverá a tomar las armas e intentará extender la revolución reeditando el foco guerrillero en el Congo y Bolivia.
El principal problema con el que se encontrará para el éxito de este objetivo correcto es que no se basará en el poderoso proletariado latinoamericano que ya había protagonizado numerosas experiencias revolucionarias, luchando dentro del movimiento obrero para arrancar a éste de la influencia de las paralizadoras políticas reformistas. Piensa el Che que la voluntad y lucha heroica de la vanguardia revolucionaria basada en el campo será suficiente para la victoria, es más, consideraba este camino más factible, especialmente en situaciones de represión. “Los movimientos obreros deben hacerse clandestinos, sin armas, en la ilegalidad y arrostrando peligros enormes; no es tan difícil la situación en campo abierto, apoyados los habitantes por la guerrilla armada y en lugares donde las fuerzas represivas no pueden llegar” (E. Guevara, Principios generales de la lucha guerrillera).
El Che llega a comprender las dificultades que encuentra la táctica guerrillera en los países más industrializados y en la ciudad y el riesgo de que la guerrilla pueda aislarse del movimiento obrero de las ciudades. En ese aspecto el Che acepta que existen otras posibles vías revolucionarias que no sean la del foco guerrillero. De hecho insiste correctamente a sus seguidores en distintos países en la necesidad de que los revolucionarios adapten sus formas de lucha a la situación concreta de la lucha de clases pero siempre con un criterio claro, que no basta con lograr mejoras pasajeras en la situación de las masas sino que es necesario tomar el poder y desde este resolver de forma definitiva los problemas de las masas mediante la expropiación de los capitalistas. Esta idea contiene importantes lecciones para procesos revolucionarios que se dieron posteriormente como el chileno en los años 70 o para la propia revolución que vivimos hoy en Venezuela.
“Los países que, aun sin poder hablar de una efectiva industrialización, han desarrollado su industria media y ligera o, simplemente, han sufrido procesos de concentración de su población en grandes centros, encuentran más difícil preparar guerrillas. Además, la influencia ideológica de los centros poblados inhibe la lucha guerrillera y da vuelo a luchas de masas organizadas pacíficamente.
(…) Aunque no esté excluida la posibilidad de que el cambio en cualquier país se inicie por vía electoral, las condiciones prevalecientes en ellos hacen muy remota esa posibilidad. (…) Los revolucionarios no pueden prever de antemano todas las variantes tácticas que pueden presentarse en el curso de la lucha por su programa liberador. La real capacidad de un revolucionario se mide por el saber encontrar tácticas revolucionarias adecuadas en cada cambio de la situación, en tener presente todas las tácticas y en explotarlas al máximo. Sería error imperdonable desestimar el provecho que puede obtener el programa revolucionario de un proceso electoral dado; del mismo modo que sería imperdonable limitarse tan sólo a lo electoral y no ver los otros medios de lucha, incluso la lucha armada, para obtener el poder, que es el instrumento indispensable para aplicar y desarrollar el programa revolucionario, pues si no se alcanza el poder, todas las demás conquistas son inestables, insuficientes, incapaces de dar las soluciones que se necesitan, por más avanzadas que puedan parecer.”(Cuba ¿Excepción histórica o vanguardia de la lucha contra el colonialismo?)
Sin embargo, el Che comete el error de, ante los problemas que encuentra la lucha dentro del movimiento obrero organizado, seguir considerando como vía más factible y con posibilidades de éxito la táctica del foco guerrillero. En lugar de considerar como tarea central de los revolucionarios la lucha dentro de las organizaciones obreras de masas por arrancar a las bases de la influencia de los dirigentes reformistas, plantea -incluso para los países industrializados- la táctica del foquismo guerrillero como vía principal.
“No nos atreveríamos a afirmar que estuviera negado el éxito a una rebelión popular con base guerrillera dentro de la ciudad. Nadie puede objetar teóricamente esta idea, por lo menos no es nuestra intención, pero sí debemos anotar lo fácil que sería mediante alguna delación, o, simplemente, por exploraciones sucesivas, eliminar a los jefes de la Revolución. En cambio, aun considerando que efectúen todas las maniobras concebibles en la ciudad, que se recurra al sabotaje organizado y, sobre todo, a una forma particularmente eficaz de la guerrilla que es la guerrilla suburbana, pero manteniendo el núcleo en terrenos favorables para la lucha guerrillera, si el poder opresor derrota a todas las fuerzas populares de la ciudad y las aniquila, el poder político revolucionario permanece incólume, porque está relativamente a salvo de las contingencias de la guerra. Siempre considerando que está relativamente a salvo, pero no fuera de la guerra, ni la dirige desde otro país o desde lugares distantes; está dentro de su pueblo, luchando. Esas son las consideraciones que nos hacen pensar que, aun analizando países en que el predominio urbano es muy grande, el foco central político de la lucha puede desarrollarse en el campo. (Op. cit.)

Clase obrera y lucha de guerrillas

El debate sobre qué métodos emplear y qué estrategia seguir para llegar al poder es uno de los más difíciles y que ha ocasionado más polémicas entre todos los grandes revolucionarios.
Marx y Engels, frente a los anarquistas, habían insistido una y otra vez en que, por su papel en la producción capitalista, la clase obrera es la única que puede desarrollar métodos de lucha colectivos (huelgas, manifestaciones de masas, asambleas, elegibilidad y revocabilidad de representantes sometidos a ellas…) y una conciencia socialista.
Los soviets, o consejos obreros, surgen del carácter colectivo de la lucha obrera contra la reacción burguesa, como comités de huelga amplios nacidos del propio proletariado que coordinan y extienden la lucha revolucionaria y garantizan que toda la clase participa conscientemente en ella, y acaban extendiéndose al campo, a los cuarteles… Tras la toma del poder, de forma natural se convierten en el nuevo Estado obrero. De esa manera los soviets, o los consejos obreros, son el instrumento que garantiza que el poder central está sometido en todo momento al control de las masas, son la esencia de la democracia obrera.
Sin duda, para la victoria de la revolución, es vital ganar el apoyo del campesinado, fomentar la insurrección campesina y la lucha de guerrillas. Pero en palabras de Lenin “el partido del proletariado no puede nunca considerar la guerra de guerrillas como el único o incluso el principal método de lucha. Este método debe subordinarse a otros”. Ese criterio fue aplicado por los bolcheviques incluso en el caso de la revolución rusa, país en el que el campesinado era la inmensa mayoría de la población y la clase obrera urbana representaba tan sólo un 10%
Una de las consecuencias de la lucha de guerrillas, concebida como método fundamental para tomar el poder y no subordinada a la lucha masiva del movimiento obrero tal como lo concebían Marx, Lenin y Trotsky, es que, por muy heroicas que sean sus acciones militares, significa la renuncia a la lucha dentro del movimiento obrero por arrancar a éste de la influencia de sus dirigentes reformistas que lo siguen llevando a nuevas derrotas.
Los obreros no pueden participar en los ataques en la selva, ataques a posiciones militares, toma de pueblos, etc. Podrán simpatizar durante un tiempo con la guerrilla, pero, relegados a un papel secundario se convierten en espectadores pasivos o en el mejor de los casos en un recurso auxiliar de la guerrilla. El resultado es una guerra de desgaste entre los revolucionarios de la guerrilla y el ejército regular burgués en la que ningún bando consigue imponerse pero que acaba sangrando las filas de los revolucionarios e incluso sembrando el cansancio y la desesperación entre sectores de las masas. Los procesos que hemos visto en Guatemala, El Salvador, Perú…, son ejemplos de esto.

El foco guerrillero derrotado

En realidad los casos en los que la lucha guerrillera, planteada como método principal de lucha y sin que la dirección de esta recaiga en el movimiento obrero, consigue la victoria (Cuba, Vietnam, Nicaragua) son más la excepción que la norma, su victoria se produce al coincidir con situaciones de descomposición extrema del capitalismo y movilizaciones obreras que, aunque sin dirección, debilitan al estado burgués y allanan el camino a los guerrilleros.
El intento boliviano del Che no será apoyado, en la práctica, por la URSS e incluso encontrará su oposición y la de los dirigentes estalinistas del PC boliviano. Su vicesecretario general, Monge, que sabotea criminalmente todas las iniciativas revolucionarias del Che, por una ironía de la historia, es hoy uno de esos antiguos burócratas estalinistas que se han convertido en defensores del capitalismo.
El plan de extender el foco guerrillero desde las montañas basándose en el campesinado boliviano impedirá al Che ganar apoyo para sus ideas entre el importante movimiento obrero que, reducido al papel de espectador, sigue bajo la dirección de los dirigentes estalinistas y reformistas sin que nadie le ofrezca una alternativa revolucionaria. La guerrilla guevarista queda prácticamente abandonada a su suerte y sufre un infierno. Sólo el heroísmo de sus miembros permite resistir por un tiempo, pero finalmente son aplastados.
Apenas unos pocos años después, la clase obrera boliviana protagonizará un gigantesco movimiento revolucionario durante los años 70 y 71, demostrando así su potencial revolucionario. La ausencia de un partido de cuadros revolucionarios que se halle enraizado y forjado en las fábricas y que le ofrezca una dirección revolucionaria será decisiva para esa derrota.
En realidad, empujado por sus intenciones de extender la revolución y por su coraje de revolucionario (y desesperado ante la falta de alternativas), el Che y sus seguidores caían en el error voluntarista de intentar hacer con su sacrificio y el de sus camaradas revolucionarios lo que sólo el proletariado como clase podía realizar. En la situación desesperada de Bolivia, esto acabaría costándole su propia vida.

La guerrilla en el poder

Incluso en los casos en los que los guerrilleros llegan al poder la separación de la clase obrera urbana a la que obliga la lucha militar permanente en la selva o las montañas tendrá un efecto en el tipo de estado resultante de este proceso.
Al no haber sido dirigida la revolución por la clase obrera sino realizada por la guerrilla con el apoyo de ésta, los mecanismos del control obrero no han surgido durante el propio proceso revolucionario, de forma natural, creados por las masas. El estado burgués es destruido, pero cuando los guerrilleros llegan al poder falta una alternativa revolucionaria, surgida de la propia clase obrera y sometida a su control.
El movimiento obrero juega el papel de fuerza auxiliar de la guerrilla y no al revés. No existen soviets que garanticen que el proletariado ejerce el poder. El aparato estatal burgués es sustituido por el aparato militar-revolucionario de la guerrilla. El propio Che lo considera en un escrito suyo contra el burocratismo (Extra de la revista Resumen Latinoamericano, Documento Che Guevara): “El ‘guerrillerismo’ repetía la experiencia de la lucha armada de las sierras y los campos de Cuba en las distintas organizaciones administrativas y de masas (…) La forma de resolver los problemas concretos estaba sujeta al libre arbitrio de cada uno de los dirigentes (…)”.
Marx explicaba que el intento de edificar un estado obrero sólo puede ser resultado de la conciencia y actuación unida como clase del proletariado, no puede improvisarse por una vanguardia de revolucionarios, por muy abnegados y militantes que sean. Las condiciones de comandos guerrilleros en lucha permanente contra el Estado crean toda una serie de hábitos: sustitución del debate en asambleas de masas por la toma de decisiones por cada jefe guerrillero en su ámbito de actuación, órdenes de arriba a abajo -mucho más operativas en el combate militar-, las decisiones deben tomarse en círculos reducidos, rápidamente y a menudo en secreto… Como explica Carlos Franqui, dirigente de la guerrilla junto a Fidel y el Che: “Estudiábamos un libro del Che, Los fundamentos del leninismo de Stalin. Nosotros tres habíamos tenido una discusión muy seria. El Che lo defendía y yo lo atacaba. La opinión de Fidel fue lapidaria: ‘Una revolución para no dividirse y ser derrotada necesita un jefe. Vale más un mal jefe que veinte jefes buenos’” (Diario de la revolución cubana).
El Che explicaba que los dirigentes del Movimiento 26 de Julio antes de tomar el poder sólo se habían reunido dos veces para debatir y unificar posturas.
Si la dirección de la revolución está en manos de la clase obrera, la guerrilla es un método más de lucha revolucionaria que, como explicaba Lenin, se “subordina” a las asambleas en las fábricas, barrios obreros y pueblos, y a los soviets de representantes elegibles y revocables elegidos por estas y puede contribuir poderosamente al éxito de la revolución. Si estos mecanismos de control creados por las propias masas no existen, los hábitos antes mencionados pueden expresarse en la dirección del Estado.
Los Comités de Defensa de la Revolución, impulsados por el gobierno revolucionario cubano, tenían una positiva participación en cuestiones locales y parciales pero esto no era suficiente. No son soviets creados por las masas con capacidad de control y decisión sobre el poder central. Frente a los congresos anuales que bajo la insistencia de Lenin realizaban los bolcheviques, incluso durante la guerra civil, la guerrilla cubana se transforma en el nuevo Partido Comunista en 1965 pero durante 30 años sólo celebrará cuatro congresos. La administración de todas las funciones de las empresas recae en directores industriales que tampoco estarán bajo el control de los trabajadores sino que son designados y controlados por los Ministerios directamente. No se contempla ningún mecanismo de elegibilidad y revocabilidad de los cargos. El factor decisivo para aplacar o favorecer estas tendencias es el aislamiento o la extensión de la revolución.
El Che intuye en parte este riesgo: “Como contra medida se empezaron a organizar los fuertes aparatos burocráticos que caracterizan esta primera época de construcción de nuestro estado socialista, pero el bandazo fue demasiado grande y toda una serie de organismos entre los que se incluye el Ministerio de Industria, iniciaron una política de centralización operativa, frenando exageradamente la iniciativa de los administradores” (E. Guevara, Op. cit.). Pero no saca las conclusiones necesarias de ello. En particular se resiste a aceptar que el aislamiento de la revolución pueda tener efectos negativos sobre el estado obrero. “El aislamiento puede provocar muchas cosas. Por ejemplo, que nos equivoquemos en la forma de apreciar la situación política en Brasil, pero distorsiones en la marcha de la revolución, no” (Entrevista con Galeano, op.cit.). Él confía en que la voluntad revolucionaria de los ex guerrilleros, la fuerza de las ideas (lo que llama “el motor ideológico”) evitarán cualquier riesgo de burocratización. Sin embargo, como explicaban Marx, Lenin y Trotsky, con todo lo importantes que son las ideas, lo que acaba decidiendo, en última instancia, son las condiciones materiales de vida de las masas.
La victoria de la revolución cubana fue el primer paso en la transición hacia el socialismo. La victoria definitiva de ésta sólo es posible si la economía se desarrolla a un nivel superior al del capitalismo más avanzado, eliminando la escasez, la lucha por la supervivencia y las diferencias económicas y sociales que son engendradas por esa escasez. El aislamiento de la revolución, máxime en un país atrasado, provoca la lucha por la supervivencia, diferencias sociales, pérdida de confianza y desmoralización de sectores de las masas, competencia del entorno capitalista, mercado negro… Estas tendencias no podrán combatirse por la voluntad de ningún jefe revolucionario por más honrado y revolucionario que sea y minarán la participación de las masas. Lenin tras la toma del poder en Rusia explicaba que “…pereceremos si no sabemos sostenernos hasta que encontremos el poderoso apoyo de los obreros sublevados de otros países (…) la victoria definitiva del socialismo en un sólo país es imposible” (Obras Completas, Vol. 36).

La revolución cubana y latinoamericana hoy

La lucha porque esta transición al socialismo culmine con éxito no ha acabado. La resistencia del pueblo cubano durante todas estas décadas al bloqueo imperialista es un ejemplo de heroísmo y abnegación que sigue ganando la simpatía de millones de jóvenes y trabajadores en todo el mundo. Pero la lucha está en pleno desarrollo y el imperialismo y la burguesía están empleándose a fondo en estos momentos para intentar minar la base social de la revolución mediante el sabotaje económico y la introducción de cada vez más elementos de mercado en la economía cubana. Aunque hay divisiones tácticas dentro de la burguesía, el objetivo de todos ellos, tanto los que plantean mantener el bloqueo como los capitalistas europeos que defienden levantar este a cambio de distintos “signos de buena voluntad” del gobierno cubano es la misma: el retorno al capitalismo.
Un sector de la burguesía estadounidense vinculado a los gusanos de Miami apuesta por seguir manteniendo el bloqueo e intenta utilizar el cansancio y los problemas sociales en la isla para intentar crear desestabilización y preparar una ofensiva contrarrevolucionaria abierta y lo más rápida posible en dirección al capitalismo tras la por ellos tan ansiada muerte de Fidel. Otro sector de la burguesía estadounidense, hoy menos influyente en el aparato estatal, y la mayoría de las burguesías europeas, intentan aprovechar la necesidad de la isla de obtener divisas para seguir financiando los gastos estatales para invertir en la isla e intentar ir introduciendo y fomentando elementos crecientes de capitalismo en la economía cubana que proporcionen una cierta base social para la reintroducción paulatina del capitalismo.
El colapso de la URSS y los demás países estalinistas no en el sentido de una revolución política que permitiese a las masas recuperar el control de los soviets y restaurar una verdadera democracia obrera sino en dirección a la contrarrevolución capitalista puso a Cuba en una situación extraordinariamente difícil.
Tras varias décadas de aislamiento, presión del capitalismo circundante y penalidades, en la sociedad cubana hay indudables síntomas de cansancio. Esto inevitablemente se refleja en falta de participación y en que sectores del aparato del estado tienden a independizarse del control de las bases. Ya ha habido varias denuncias y medidas concretas, incluso por parte de Fidel, contra prácticas de burocratismo, corrupción, etc. por sectores del aparato estatal. Esto es muy peligroso para cualquier revolución porque combinado al sabotaje económico, el cansancio ante los problemas económicos y la propaganda antirrevolucionaria del imperialismo tiende a minar la confianza de sectores de las masas en el avance de la misma.
Particularmente entre las generaciones de cubanos más jóvenes está creciendo cierto escepticismo y la propia existencia de diferencias económicas tan grandes entre el sector económico especial vinculado al turismo y al sector capitalista privado y las empresas del estado representa una poderosa amenaza que hoy proporciona divisas al estado pero mañana puede amenazar a la revolución. En torno a este sector se está desarrollando toda una serie de intereses y hay una campaña consciente por parte del imperialismo, la burguesía y también por sectores precapitalistas que existen dentro de la isla por presentar al capitalismo como el mejor sistema posible y defender la introducción de más medidas de mercado.
El objetivo de los capitalistas es apoyarse en los sectores más desideologizados y escépticos no sólo de la sociedad sino del propio aparato del estado para intentar que, tras una posible salida de Fidel del poder, estos puedan encabezar una transición hacia la economía de mercado. Estos sectores, mientras se mantenga la presión económica e ideológica del capitalismo (como denunciaba en su día el Che y ha denunciado en distintos momentos Fidel cuando ha criticado elementos de burocratismo y corrupción en dirigentes con responsabilidad dentro del partido y del estado) siempre existirán y en el contexto de los últimos años han aumentado su número e influencia.
Si los revolucionarios no reconociésemos este peligro estaríamos haciendo un flaco favor a la revolución. Pero lo más importante es comprender que este peligro puede ser derrotado y hoy estamos en mejor situación para hacerlo que hace unos pocos años.
La contrarrevolución capitalista en la URSS, Europa del Este y China son un ejemplo de la catástrofe que sería una victoria del imperialismo y el capitalismo en Cuba. Hoy, es más necesario que nunca seguir luchando por la defensa de la Cuba revolucionaria, contra cualquier intento de restaurar el capitalismo y por la continuidad y profundización de la revolución en dirección al socialismo. Esta continuidad pasa inevitablemente por la extensión de la revolución a toda América Latina y la recuperación de la movilización, conciencia y participación de las masas, particularmente es decisiva la participación de los trabajadores en todas las instituciones estatales y en la toma de todas las decisiones.

¡Por una Federación socialista de Cuba y Venezuela como primer paso hacia una Latinoamérica socialista!

Durante los últimos años, el auge de luchas de masas en América Latina, y muy especialmente el proceso revolucionario en marcha en Venezuela, han proporcionado un balón de oxígeno a la revolución cubana. Como decíamos antes, el destino de la revolución cubana (como el de cualquier proceso revolucionario) no se decide nacionalmente sino a escala internacional. La llegada de Hugo Chávez, al frente de un movimiento revolucionario de masas, a la Presidencia de Venezuela y las derrotas que la revolución bolivariana ha conseguido infligir al imperialismo se han convertido en la mayor esperanza y el principal punto de apoyo en estos momentos para que la revolución cubana en lugar de retroceder (como pretenden los imperialistas) pueda seguir avanzando hacia el socialismo.
Si el Che viviese hoy estamos seguros que estaría animando el avance de la revolución venezolana hacia el socialismo con todas sus fuerzas y la conformación de una Federación Socialista de Cuba y Venezuela como primer paso hacia una Federación Socialista de los Pueblos Latinoamericanos que pueda hacer realidad el sueño de una América latina libre, unida y soberana que él mismo compartió con otros revolucionarios como Bolívar, Sucre, Martí y tantos otros.
Si la revolución bolivariana expropia los bancos, las grandes empresas y los latifundios y los pone bajo control obrero como primer paso hacia la supresión de la propiedad privada de los medios de producción y la instauración de una economía estatizada y planificada esto permitiría resolver los problemas sociales que todavía subsisten en Venezuela y se convertiría en un ejemplo que contagiaría a toda América Latina. Esta medida debe ir unida a la sustitución del aparato estatal previamente existente por un estado obrero basado en comités elegibles y revocables en todo momento desde abajo por asambleas revolucionarias de trabajadores, campesinos y los demás explotados. Sólo una economía en manos del estado y un estado en manos de la clase obrera puede garantizar el avance hacia el socialismo.
Si estas medidas se llevasen a cabo en Venezuela y se plantease una Federación socialista de Cuba y Venezuela contagiarían a todo el movimiento obrero y popular del continente y animarían a otros procesos revolucionarios en marcha (Bolivia, Ecuador, etc.) a seguir el mismo camino. No sólo eso, servirían de acicate a todos los trabajadores del mundo. El primer contagiado por el entusiasmo sería la propia sociedad cubana y en particular el movimiento obrero de la isla que se vería animado a incrementar su movilización y participación tanto en la calle como en todas las instancias de poder. Esto daría fuerzas renovadas a la revolución cubana para seguir avanzando por el camino de la propiedad colectiva de los medios de producción combinando esta con la planificación democrática de la economía basada en la participación de los jóvenes, trabajadores y toda la sociedad en la toma de todas las decisiones. Un paso adelante en ese sentido aislaría totalmente a los sectores precapitalistas que desde dentro y desde fuera de la isla intentan minar la revolución.
Hoy, a 40 años de la caída en combate del Che Guevara, su legado revolucionario está mas vivo que nunca. La revolución cubana, latinoamericana y mundial siguen avanzando pero su victoria todavía está pendiente. La mejor manera de contribuir a esa victoria es aprender, del ejemplo de lucha, heroísmo y honestidad revolucionaria de este gran revolucionario y también de sus errores. Las huelgas y luchas masivas en toda Latinoamérica, así como en el resto del mundo, muestran la necesidad de dotar a los sindicatos y partidos obreros de masas de un programa y estrategia marxistas que frente a la aceptación resignada del capitalismo, levanten la bandera de la revolución mundial y dirijan a los jóvenes, trabajadores y campesinos hacia la sociedad sin clases por la que el Che y millones de hombres y mujeres han dado su vida a lo largo de los últimos siglos.

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