El nacionalismo, el ideal panárabe y el papel de los partidos comunistas


Algunas notas históricas sobre la revolución colonial en el mundo árabe

Este ensayo fue escrito en noviembre de 2003 por el camarada A. Davolo de la sección italiana de la Corriente Marxista Internacional y publicado en “La revolución árabe”, número 7 de la revista de formación teórica En Defensa del Marxismo. En el momento en que fue escrito Oriente Medio se había convertido en escenario de una guerra imperialista desencadenada con el objetivo de aplastar los sentimientos unitario y antiimperialista de las masas árabes y borrar el recuerdo de su revolución. La propaganda imperialista presentaba la imagen de un mundo árabe dominado por ideas oscurantistas y reaccionarias que tenía que ser “liberado” por la civilización occidental. Este artículo en cambio reconstruye la historia de la primera revolución árabe, el papel que en ella han jugado el propio imperialismo, el nacionalismo y los partidos comunistas, el porqué haya fracasado, anticipando además las razones de su inevitable resurgimiento que es lo que ahora vivimos.

Leyendo este artículo resaltan muchas similitudes entre los procesos revolucionarios del mundo árabe y nuestra propia historia, reciente y pasada. Es porque somos todos partes de una misma lucha antiimperialista y de la misma revolución colonial. Un golpe al imperialismo en cualquier parte del mundo fortalece el conjunto de nuestras luchas. Traducimos amplios pasos de este ensayo y lo ponemos a disposición de los (as) trabajadores (as), del movimiento campesino y de la juventud revolucionaria de Bolivia, para que sepamos con conocimiento defender la causa de la lucha de nuestros hermanos y hermanas árabes y aprendamos las valiosas lecciones históricas que de esa lucha emanan.


Después de la Segunda Guerra Mundial se ha visto un enorme desarrollo de la revolución colonial, probablemente el mayor movimiento de los pueblos oprimidos de la historia humana. En Asia, África, América Latina, docenas de pueblos lucharon por su emancipación nacional.

El mundo árabe, que ahora es el centro de los intereses económicos y estratégicos del imperialismo, fue el escenario de un despertar masivo: desde Argelia hasta Irak, pasando por Egipto, Siria, Palestina y otros, todos los países árabes fueron atravesados por los movimientos revolucionarios y progresistas de carácter laico, a pesar de la propaganda burguesa, que tiende a pintar a la población árabe como "naturalmente inclinada" al fundamentalismo islámico.

Estos movimientos forzaron la retirada del imperialismo, especialmente británico y francés. Aunque muchos países como Egipto e Irak ya habían adquirido antes de la Segunda Guerra Mundial la independencia política formal, los regímenes en el poder seguían siendo estrechamente vinculados a las antiguas potencias coloniales[1]. Los movimientos revolucionarios en los países coloniales después de la Segunda Guerra Mundial fueron, por lo tanto, los intentos de los pueblos árabes para avanzar hacia la efectiva independencia[2]. De estas revoluciones surgieron por doquier repúblicas democrático-burguesas, cuyos gobiernos, en un primer momento, a menudo se convirtieron en promotores de una política progresista. Sin embargo, 50 años después, la independencia de las antiguas colonias parece reducirse a la nada. Todos los países árabes siguen siendo atados al carro del imperialismo por medio del mecanismo del mercado mundial y, aunque no hay formas coloniales explícita del gobierno, tales como protectorados y mandatos (a excepción de Afganistán e Irak, donde las guerras han permitido al imperialismo de controlar el ejército y la burocracia política), estos países, de hecho, son más esclavos que antes. El porqué de estos hechos es algo  que los marxistas tienen que analizar conscientemente la luz de la experiencia histórica.

Los orígenes del nacionalismo árabe

El proyecto del nacionalismo árabe y de los movimientos nacionalistas burgueses que se estaban desarrollando en todo el mundo colonial tras la Segunda Guerra Mundial, fue el establecer un capitalismo nacional independiente, tal vez capaz de competir con el imperialismo. A la base de la difusión de sentimientos nacionalistas estaban los cambios económicos que la penetración profunda del capitalismo imperialista había provocado en el Oriente Medio. Mas penetraba el capitalismo más profundamente determinaba subdesarrollo y dependencia. La misma pequeña burguesía urbana y rural sufrió un proceso de empobrecimiento y trató de escaparse de la miseria depositando su confianza en las Fuerzas Armadas, que, como veremos jugó un papel importante en la explosión de las revoluciones. Además de los objetivos clásicos del nacionalismo burgués (la independencia económica y política), el nacionalismo árabe también incluía también la aspiración por la reunificación de la nación árabe: es imposible entender un solo acontecimiento en esta región del mundo, si no partimos de la premisa de que hay una sola nación árabe, con lenguaje, conciencia y cultura común, a pesar de las diversas identidades nacionales que se han desarrollado más recientemente. Es suficiente una rápida mirada al mapa para ver de inmediato cómo el vasto territorio habitado por la nación árabe se ha dividido arbitrariamente trazando líneas rectas en las arenas del desierto y creando estados artificiales. Irak, Siria, Kuwait, Jordania, Líbano, etc…. son creaciones totalmente artificiales, creadas por el imperialismo para fortalecer su control sobre los vitales intereses estratégicos en la región. De hecho en la Conferencia de Paz de París de 1919,  las potencias imperialistas que ganaron la guerra aprobaron la siguiente resolución: "Tarea de esta conferencia es la separación de algunos territorios, por ejemplo, Palestina, Siria, los países árabes al este de Palestina y de Siria, Mesopotamia, Armenia, y probablemente algunas zonas de Asia Menor, y promover el desarrollo de su población bajo la orientación de agentes en calidad de mandatarios de la Liga de las Naciones Unidas. "

Por ejemplo, los actuales estados de Siria y el Líbano bajo el Imperio Otomano estaban estrictamente vinculados económica y administrativamente. El imperialismo francés en cambio creó una barrera artificial entre los dos territorios y consolidó, a través de numerosas provocaciones, una tensión entre los dos países que continúa hasta hoy. Jordania (antes Transjordania) fue un Estado inventado dibujando una línea a lo largo del río Jordán: los territorios al oeste eran para los sionistas que de acuerdo a la Declaración de Balfour[3] se estaban preparando para crear un "hogar nacional" en Palestina, el territorio al este del Jordán, la actual Jordania, tenía que satisfacer a los árabes para que Gran Bretaña pudiese dedicarse más fácilmente a construir el foco de la creación de la "patria judía" en lo que quedaba de Palestina. Pero no fue así: la interferencia típica del imperialismo en la lógica del “divide y reinarás” dio lugar a la tragedia de la cuestión palestina.

Para lograr el objetivo de la fragmentación de la nación árabe el imperialismo promovió y cínicamente explotó la discordia y el antagonismo entre las diferentes comunidades religiosas (musulmanes suníes y chiíes, ortodoxos y cristianos maronitas, drusos, Judios, etc….). El pretexto de proteger los derechos de las minorías fue utilizado por los británicos durante la Conferencia de Paz de París en 1919 para justificar su dominio y para sembrar las semillas de algunas de las tensiones más graves que siguen asolando a los países árabes. Los británicos decían a los árabes: "El Alto Irak no puede ser independiente porque hay que darle a los asirios-caldeos," y a estos últimos decían "no puede tener el Alto Irak porque lo quieren los kurdos", y así sucesivamente. Además, una vez establecido los mandatos, las potencias mandatarias (Gran Bretaña y Francia) decidieron utilizar las minorías para ejecutar la administración. Los empleados y funcionarios eran seleccionados entre los judíos y los cristianos en Palestina, entre las diversas comunidades cristianas de Siria e Irak. Estas maniobras así como el  servirse de las minorías servían  para debilitar la estructura del futuro Estado independiente con el fin de favorecer la penetración de los viejos colonizadores.

Tuttavia, nonostante le discordie e le tensioni che si trascinano fino ai giorni nostri e di cui unici responsabili devono essere considerati gli imperialisti, la causa prima di tutti gli avvenimenti turbolenti che hanno scosso il Medio Oriente a partire dalla fine della Prima guerra mondiale è riconducibile all’aspirazione delle masse a riunificare la nazione araba, spartita a pezzi dall’imperialismo britannico e francese nel corso della Conferenza della pace. Sin embargo, a pesar de los desacuerdos y las tensiones que se arrastran hasta nuestros días y que debe ser considerada responsabilidad plena de los imperialistas, la raíz de todos los turbulentos acontecimientos que sacudieron el Oriente Medio desde el final de la Primera Guerra Mundial hasta hoy se deben a la aspiración de las masas de reunir a la nación árabe, dividida en pedazos por imperialismo británico y francés durante la Conferencia de Paz.

La revolución permanente

Hemos visto que el objetivo de los movimientos nacionalistas que se desarrollaron en el mundo árabe fue la creación de un capitalismo independiente autóctono y una burguesía nacional fuerte, capaz de competir con la burguesía de los países imperialistas. Sin embargo, como explicó Trotsky en la teoría de la revolución permanente, desarrollada por primera vez en 1906 a raíz de la primera tentativa revolucionaria de las masas rusas, la burguesía nacional en los países coloniales entró demasiado tarde en la escena de la historia, cuando el mundo ya había sido repartido entre un puñado de potencias imperialistas. Por esta razón, la burguesía de los países coloniales no puede jugar ningún papel progresista en la historia y se subordina a la burguesía de los países imperialistas. Las burguesías en Asia, América Latina y África son débiles y demasiado dependientes del capital extranjero. Esto es aún más cierto hoy en día: las burguesías de los países ex-coloniales se han desarrollado sobre un terreno preparado por la dominación del imperialismo y derivan sus ingresos de actividades económicas e industriales dictadas por las multinacionales extranjeras. No sólo estas burguesías son dependientes del capital extranjero, sino que también están vinculados por mil lazos con los terratenientes: el latifundista y el capitalista del área urbana son a menudo la misma persona o personas vinculadas por lazos familiares[4]. En este contexto, cualquier intento serio de reforma agraria para modernizar la agricultura y mejorar las condiciones para los agricultores pobres, encuentra una fuerte resistencia justamente en aquella clase, la burguesía, que lo promovió en los albores del capitalismo. Por esta razón, incluso después de la revolución democrático-burguesa en los países coloniales, las distintas economías de estos países siguen siendo en gran medida de monocultivo y de exportación, de acuerdo con las conveniencias del antiguo colonizador. En esencia, si la revolución colonial en realidad no ha liberado a los países árabes del imperialismo, es porque ha dejado sin cambios las anteriores estructuras sociales y económicas, dejando abierta la posibilidad de una nueva penetración imperialista aunque en formas diferentes a la dominación colonial propiamente dicha.

Por esta razón, la única clase que puede jugar un papel coherentemente revolucionario en estos países es la clase obrera, aliada con los campesinos pobres, organizada con los métodos específicos de lucha de clases (la huelga general, manifestaciones de masas) y armada de un programa de liberación nacional que mientras cumple con las tareas clásicas de la revolución burguesa (independencia, derechos liberales y democráticos, reforma agraria) rompe el vínculo de opresión del capitalismo internacional, nacionalizando la economía, la producción y los recursos y poniéndolos bajo el control democrático de los trabajadores.

En los últimos años han florecido un sinfín de teorías que han tratado de explicar cómo la contradicción capital-trabajo sería sólo una de las tantas contradicciones y no la principal. La realidad sin embargo es muy diferente. Los trabajadores son la principal fuerza impulsora de la lucha contra el capitalismo, no por una cualquier "razón sentimental", sino por el lugar especial que ocupan en la sociedad, porque sin su consentimiento nada se mueve y nada se produce. Esta teoría ha recibido una brillante confirmación en la experiencia de la Revolución Rusa de 1917. Sin embargo ninguna teoría se desarrolla en la historia de una manera "químicamente pura". Como Lenin señaló acertadamente "la historia conoce todo tipo de transformaciones". Un enfoque dialéctico nos permite entender que si estos países carecen de la dirección política del marxismo, de un partido revolucionario, la acción de las masas puede llevar el proceso a asumir características diferentes de las clásicas. Esto sucedió por ejemplo en el mundo árabe, donde a la cabeza de los movimientos revolucionarios de masas no se colocó el proletariado organizado de manera independiente, sino la pequeña burguesía y más a menudo las diversas piezas de las Fuerza Armadas que entraron en colisión con el imperialismo y el capital extranjero.

Sin embargo, estos dirigentes nacionalistas burgueses tuvieron que apoyarse en la clase obrera para llevar a cabo sus proyectos, incluso cuando los trabajadores tenían un rol marginal, en la forma de un apoyo pasivo a la acción de las guerrillas o de oficiales progresistas de las Fuerzas Armadas. En algunos casos (Yemen y Siria), el proceso fue empujado hasta el derrocamiento del capitalismo. Sin embargo, estas eran sólo "caricaturas" de la revolución permanente. Como explicamos anteriormente, aun después de haber obtenido la independencia política, las economías de estos países seguían siendo dependientes, y para resolver esta situación, que impedía el desarrollo de las fuerzas productivas y por lo tanto el libre desarrollo de la economía, de la tecnología y de la sociedad en su conjunto, las direcciones revolucionarias del ejército o de las guerrillas se inclinaron y llevaron a cabo la expropiación definitiva de la burguesía. Sin embargo, aunque estos desarrollos fuesen un importante paso adelante, no representaban el surgimiento de regímenes de genuina democracia obrera. El poder político no estaba de hecho en manos de los trabajadores, sino que se concentraba en la dirección de la guerrilla y/o en la burocracia del nuevo Estado. Como veremos luego en el caso del Yemen, todo esto facilitó el establecimiento de una casta burocrática privilegiada que no estaba bajo el control de los trabajadores y campesinos. En la mayoría de los países árabes, sin embargo, la revolución ni siquiera salió del contexto de las relaciones sociales y económicas capitalismo, aun cuando las diferentes direcciones revolucionarias se hacían promotores de importantes procesos de nacionalización. Sin embargo, la magnitud de los movimientos de masas, su carácter revolucionario y la presencia de fuertes partidos comunistas fueron factores objetivos que podían haber conducido a resultados diferentes.

Para comprender la evolución de los procesos que siguieron a las revoluciones en el mundo árabe es esencial tratar de entender el papel que desempeñaron no sólo el nacionalismo, sino también los diferentes partidos comunistas. Para ello vamos a considerar algunos eventos que se desarrollaron en los años 50 y 60. A estos habría que añadir el caso de la guerra de liberación en Argelia.

La revolución en Egipto: Nasser y el ideal pan-árabe

El ejemplo más claro de cómo incluso en los países árabes la burguesía nacional no pueda jugar ningún papel progresista es el que nos brinda la situación en Egipto antes de la revolución de 1952. La burguesía egipcia se beneficiaba de su dependencia del capital británico y su partido histórico, el WAFD, se puso a lado de Londres durante la Segunda Guerra Mundial. Los sentimientos de las masas eran en cambio decididamente anti-británicos. Al no haber un partido revolucionario que representase estos sentimientos[5], el descontento de la población fue capitalizado en amplios sectores del ejército. En el ejército, muchos oficiales jóvenes, aunque no apoyasen al fascismo, tenían la esperanza de una derrota o un debilitamiento de Gran Bretaña que les diera la oportunidad de expulsar de una vez por todas a los británicos de Egipto.

El 26 de enero de 1952 un millón de trabajadores y campesinos salieron a las calles para protestar contra la monarquía corrupta y semifeudal del rey Faruk. El ala más avanzada del movimiento nacionalista se sintió alentada por la movilización popular y el 23 de julio, bajo la dirección del coronel Nasser, un grupo de autonombrados "Oficiales Libres", salieron de los cuarteles y con un golpe militar, en gran medida pacífico, depuso la monarquía y marcó el comienzo de la revolución democrático-burguesa en Egipto.

Los "Oficiales Libres" lanzaron un ambicioso programa de industrialización del país, pero la burguesía local inmediatamente se mostró indiferente cuando no hostil, a los proyectos de Nasser. Esto llevó a Nasser a buscar el apoyo de la clase obrera para fortalecer el consenso social en torno a su gobierno y sus proyectos políticos y para ello promulgó una serie de reformas sociales (garantías contra el despido, jornada laboral de 7 horas, seguro contra accidentes y enfermedades). Sin embargo el apoyo de los trabajadores tenía que ser pasivo y con el fin de neutralizar la posible acción independiente de la clase obrera, involucró hasta 1958 al Partido Comunista en el aparato estatal, después de haber hecho jurar a sus líderes que no habrían hecho más "actividades políticas".

En sus primeros años la política exterior de Nasser era orientada a la ilusión de convencer al imperialismo de EE.UU. a participar en el plan de desarrollo del capitalismo egipcio. En la primera mitad de 1956 los planes para construir una presa en el Nilo – que hubiera ayudado a crear una enorme fuente de energía y que aumentaría la superficie de tierra cultivable – fue objeto de una larga negociación con los EE.UU. y Gran Bretaña. El imperialismo acabó negando la asistencia técnica y financiera, considerando que el proyecto no era rentable y competitivo con la producción occidental. En respuesta, Nasser decidió nacionalizar la empresa privada (con capital principalmente británicos) que administraba el Canal de Suez para obtener los recursos necesarios para la construcción de la presa. Fue una decisión dictada por las exigencias económicas, pero al mismo tiempo tenía un significado decididamente anti-imperialista.

Estos eventos fueron percibidos en el mundo árabe como un paso clave hacia la liberación y reunificación de los países árabes y marcó un punto de inflexión: Siria se federó a Egipto en la RAU (República Árabe Unida), las masas árabes estaban dispuestas a desbordar las fronteras arbitrariamente establecido por las potencias europeas. Apoyándose en el entusiasmo popular por la nacionalización del Canal de Suez y el fracaso de la agresión militar de Gran Bretaña, Francia e Israel, el régimen de Nasser comenzó a crear grupos de presión en Irak, el Líbano, Túnez, Arabia Saudita, Kuwait. El proyecto pan-árabe, la unificación árabe, chocaba directamente con los intereses de Occidente, que cerró las puertas a cualquier relación financiera directa. Esa decisión acentuó la orientación anti-imperialista de Nasser empujando a consolidar las relaciones con la URSS que desde 1955 ya había comenzado a proporcionar equipo militar y había financiado la construcción de la presa en el Nilo. Sin embargo, el acercamiento a la URSS, sin duda no era parte de los planes de los líderes del régimen egipcio como demuestra el hecho de que en menos de cinco años Nasser pasase de una orientación pro-estadounidense a la cooperación con la URSS.

Esto se explica por el hecho de que el proyecto de Nasser, más allá de las alianzas circunstanciales, era de ganar una mayor libertad de movimiento posible entre los dos bloques (soviético y occidental) en beneficio del desarrollo capitalista nacional. En cualquier caso, el acercamiento a la URSS no impidió que a partir de 1958 comenzase la persecución de los comunistas egipcios. Nasser, aprovechando el consenso político construido, intentó dar un golpe mortal al movimiento comunista de los países árabes, cuya influencia seguía creciendo, principalmente en Siria e Irak. Cientos de militantes –  muy bien conocidos por colaborar con el gobierno – fueron capturados y enviados a campos de internamiento. La red no fue lanzada sólo sobre los comunistas, sino sobre todo tipo de militantes de izquierda, estos últimos considerados aun más peligrosos porque no estaban en los archivos de la maquina represiva. Después de la abolición de los partidos, se organizó un partido único, la Unión Socialista Árabe, un instrumento que se utilizó para encuadrar y controlar a la población. La demagogia socialista creció enormemente, e incluso en el programa político de la Unión Socialista se declaró la adhesión a un "socialismo científico" adaptado a la realidad de los países árabes. Sin embargo, como hemos visto, el programa de los "Oficiales Libres", ocultaba detrás de la palabra "socialismo árabe" un plan de desarrollo de la industria local y de una economía capitalista libre del yugo del imperialismo lo cual hace comprensible la preocupación mostrada por el régimen para sofocar cualquier organización independiente de la clase obrera, incluyendo al PC, con el fin de poderse mover con más facilidad en la realización de su sueño. Pero el "sueño" de Nasser podía desarrollarse plenamente sólo sobre la base de un mercado mucho más grande que la de Egipto, lo que explica la anexión de Siria. La burguesía egipcia, ayudada por la prohibición a las importaciones occidentales y la ampliación del mercado, comenzó a realizar enormes ganancias. Una gran cantidad de la inversión pública se utilizó para desarrollar una industria más moderna. Sin embargo, estos intentos no tuvieron el efecto deseado. En 1961, tras un golpe de Estado, Siria se retiró de la federación. L’economia egiziana cominciò ad entrare in uno stato di impasse dovuto sia all’impossibilità di trovare sbocchi per le proprie merci che all’arretratezza tecnologica. La economía egipcia comenzó a entrar en un estado de estancamiento por la imposibilidad de encontrar mercados para sus productos y por su atraso tecnológico productivo. La ilusión de poder transformar a Egipto en una potencia capitalista se encallaba frente a los límites impuestos por la historia y el imperialismo. Para defender y expandir las riquezas y los privilegios acumulados a lo largo de pocos años dentro del aparato estatal, Nasser comenzó a atacar a la clase trabajadora egipcia, erosionando sus salarios y afectando los derechos establecidos en sus mismas reformas anteriores. En todas partes estallaron huelgas y revueltas campesinas. Reapareció la lucha de clases y aquel mismo protagonismo de las masas que los "Oficiales Libres" soñaban con eliminar. Los últimos años del régimen de Nasser fueron marcados por el masivo uso del ejército para reprimir todo germen de oposición en las fábricas y en el campo. La muerte de Nasser en 1970 marcó el abandono del proyecto de un capitalismo nacional independiente y la burguesía egipcia, deseosa de cambiar de estrategia y acabar con una peligrosa demagogia socialista, inauguró un nueva y más segura (para ellos) política de acercamiento al imperialismo de EE.UU..

La revolución republicana en Libia

Una revolución similar en algunos aspectos a la de Egipto fue sin duda la revolución que marcó el fin de la monarquía de Libia. Fue llevada a cabo por un grupo de oficiales bajo la dirección del coronel Gadafi, en 1969. El nuevo régimen exigió la restitución de las bases extranjeras y comenzó una política de nacionalización de la economía y, en parte, también de la industria petrolera. Recuperando el ideal panárabe, Gadafi proclamó en 1974 la Unión con Túnez y en 1982 propuso la fusión con Argelia y Siria, proyectos que nunca se emprendieron realmente. Al igual que Nasser, Gadafi consideraba el "socialismo marxista" no adapto para la sociedad árabe y se puso en búsqueda de una "tercera vía" o de un "camino islámico al socialismo" que preveía la reorganización del Gobierno en forma de “comités populares” (en conformidad con el principio de la "transición de poder a las masas") órganos que nunca han tenido un real poder de decisión. Una fraseología y una retórica que servían de pantalla ideológica para confundir a los trabajadores, someterlos de manera paternalista y obligarlos a aumentos de productividad en interés y en nombre del "pueblo trabajador", supuestamente propietario de los medios de producción. En realidad también Gadafi se movía en la línea de la industrialización acelerada de Libia y si esto significaba inicialmente tomar una posición antiimperialista, como en el caso del régimen revolucionario de Egipto, no significaba de ninguna manera hacer una política de clase para los trabajadores y los campesinos. Asimismo el propio ideal de la unidad árabe era una eslogan utilizado por Gadafi para ganar el favor de las masas, más que una convicción política del coronel líbico. Son conocidos de hecho las expulsiones en masa de los trabajadores de Egipto y Túnez y del representante de la Organización por la Liberación de la Palestina (OLP) decretados por el Gobierno de Libia; el apoyo ofrecido a la contrarrevolución en Sudán en 1971 y la agresión militar a Chad. Por otra parte no es difícil de observar que, una vez cambiado los equilibrios políticos y económicos internacionales, Gadafi ha consecuentemente modificado su fraseología y su actitud real hacia el imperialismo, en el afán de proteger el régimen bonapartista que preside en Libia.

Irak 1958: La revolución "inacabada"

En 1921, el imperialismo británico impuso al Estado artificial de Irak el Rey Faisal, un monarca que, en palabras del entonces Secretario de Relaciones Exteriores británico, fue a "reinar sin gobernar". Esto provocó una ola de rebelión de las masas en todo el país durante los años 20. En un intento de frenar este movimiento, en 1930 el Reino Unido modificó la forma de su relación de dominación de Irak dándole una "independencia" que pero, como decía el primer ministro británico Winston Churchill, permitía a los británicos de mantener el control efectivo del petróleo y otros recursos económicos del país. Por otro lado el imperialismo británico siguió manteniendo importantes bases militares en Irak y podía contar sobre un hombre de su confianza: el primer ministro Nuri al-Said. La protesta del pueblo iraquí, en todo caso, no se detuvo frente a esta farsa y el Partido Comunista, fundado en 1934, se convirtió en una fuerza de masa.

El proceso revolucionario en Irak que tenía sólo un carácter político, por la independencia nacional, sino por la verdadera revolución social. El poder, aparentemente enmarcado en un ambiente tribal, estaba en manos de los terratenientes y era por estos compartido con un pequeño círculo de comerciantes y con la élite militar, en su mayoría extranjera. No era más de 50 familias encabezadas por caciques y líderes tribales reunidos alrededor del rey, la misma clase que detentó el poder desde la caída del imperio abasida[6]  y con quien los británicos habían seguido haciendo buenos negocios. A lado de estos jeques estaban los ashraf y los sadah, los llamados descendientes del Profeta, una casta clerical que controlaba los santuarios. La estructura económica se caracterizaba por relaciones de propiedad de tipo feudal en las cuales el 1% de la población poseía más del 50% de la tierra mientras que las cuatro quintas partes de los campesinos eran sin tierra. En las ciudades la riqueza se concentraba en manos de los ricos comerciantes que controlaban casi el 60% de capital privado.

En enero de 1948, el PC organizó la manifestación más grande en la historia de la monarquía en Irak: Al-Wathbah, la insurgencia. El movimiento empezó de las protestas de los estudiantes para luego involucrar a los trabajadores y los campesinos que ocuparon la tierra en muchas partes del país. Decenas de miles de personas salieron a las calles y plazas de las grandes ciudades, dando lugar a grandes manifestaciones. El 27 de enero la represión policial mató a 400 personas, pero la protesta no se detuvo. El entonces primer ministro se vio obligado a huir a Inglaterra y se formó un nuevo gobierno. En mayo una nueva ola de represión puso fin a las protestas con la declaración de la ley marcial, pero el golpe final al Partido Comunista fue cuando la URSS decidió de reconocer el nuevo estado de Israel en julio de 1948 lo cual alejó de la militancia a miles de activistas de izquierda indignados por este episodio. En 1955, sacudido por la crisis de Suez y el impacto en toda la región del giro a izquierda del régimen egipcio de Gamal Abdel Nasser, el imperialismo trató de usar la monarquía de Irak para contener la amenaza representada por el nasserismo. Los EE.UU. y Gran Bretaña trataron de establecer un "Pacto de Bagdad" de los regímenes títeres del imperialismo y de las monarquías, basado en el modelo de la OTAN. Fueron enviados soldados británicos en Jordania e infantes de marina en el Líbano. La orden de mover las tropas iraquíes en Jordania provocó la reacción de las masas y allanó el camino para la revolución iraquí de 1958. El ejército se amotinó y en lugar de dirigirse a Jordania marchó sobre el palacio real. El rey, el príncipe heredero y primer ministro fueron linchados.

El nuevo gobierno encabezado por el general Kassem comenzó la demolición de la antigua estructura feudal, utilizando una fraseología revolucionaria que definía a Irak como una "república socialista". Sin embargo, la ofensiva contra los privilegios de los capitalistas fue sólo parcial. La Compañía Iraquí de Petróleo (CIP), por ejemplo, fue entregada en manos de cuatro empresas: una británica, una francesa, una holandesa y una estadounidense. A pesar de la introducción, bajo la presión de las masas, de reformas en salud y educación, la situación en el campo seguía siendo insostenible y la reforma agraria sin la colectivización de la tierra y el apoyo económico al campesinado no resolvió ningún problema. Masas de campesinos pobres se vieron obligados a abandonar el campo para ir a las ciudades en busca de trabajo.

En 1961, los kurdos exigían autonomía y el control de los yacimientos de petróleo en el norte del país. Kassem se negó y su régimen comenzó la represión de la actividad política del Partido Democrático Kurdo, del Partido Comunista y del Baath[7]. Además, el presidente iraquí no dudó en recurrir al terror para suprimir todas las demandas económicas y sociales de los sindicatos. Hubiera sido un mejor momento para los comunistas para llamar a una segunda revolución. En una manifestación del PC más de un millón de personas salieron a las calles pidiéndoles a los comunistas que tomasen el poder. Sin embargo, bajo la orientación y el orden de Nikita Kruschev, presidente de la URSS, el PC de Irak no lo hizo. Si el Partido Comunista Iraquí, que se había reorganizado bajo la influencia de nuevas generaciones de militantes convirtiéndose nuevamente en la más fuerte organización política del país, hubiese hecho un llamamiento para el control obrero de la industria petrolera, la distribución de tierras a los campesinos, la autodeterminación del pueblo kurdo, esto le hubiera permitido a los comunistas iraquíes de convertirse en la vanguardia de un movimiento contra el latifundismo y el capitalismo en la región. Hubiera sido el comienzo de la revolución socialista en todos los países árabes.

La naturaleza bonapartista del régimen de Kassem se hizo más pronunciada. Dentro de unos meses tejió una red de alianzas políticas que el mismo en poco tiempo trató de deshacer. Esta actitud se debió al siempre más reducido apoyo social en torno al ex coronel, una situación que lo llevó a tomar decisiones empíricas, no dictada por un punto de vista ideológico, pero sólo con el propósito de mantener el poder. En 1963 un golpe militar puso fin al gobierno de Kassem. Así terminó la Revolución iraquí de ‘58, un acontecimiento notable por amplitud y radicalismo, y ese fue el punto más alto jamás alcanzado por la revolución en el Oriente Medio.

El Baath

El Baath (Partido del Renacimiento Árabe) fue fundado en 1943 por un grupo de intelectuales sirios, que afirmaban la voluntad de construir una comunidad nacional  fundada antes que todo en el idioma y en la cultura árabe y no en la religión musulmana. El nacionalismo tenía que tomar el lugar del Islam, convirtiéndose en una versión laica del mismo, y a la vez oponerse al comunismo: "Los árabes no son una pequeña nación  que pueda aceptar un mensaje creado en las Condiciones Particulares de Occidente". El Baath entonces se presentó como un movimiento nacionalista con un programa explícitamente laico en algunos aspectos similar a otros partidos, tales como el Istiqlal marroquí y el Neo-Destur tunecino. Durante e inmediatamente después de la guerra el baathismo encontró apoyo entre los jóvenes de la pequeña burguesía, las minorías religiosas y culturales, especialmente entre los cristianos de rito griego, drusos y alauitas quienes, con razón, consideraban a la semifeudal clase gobernante sunita responsable del sometimiento del país al imperialismo. En los primeros años 50 sectores del Baath comenzaron a definirse demagógicamente "socialistas" dirigiendo su atención hacia la Unión Soviética en una especie de variante tercermundista del jacobinismo europeo, por la cual si la revolución no podía encontrar una burguesía dispuesta a derribar las estructuras feudales existentes, tenía que realizarse apoyándose en las clases trabajadoras, campesinos y trabajadores, y con un modelo social (la URSS, de hecho) sobre el que construir la independencia nacional. Esta fue la conclusión a la que llegaron algunos de los miembros del partido Baath de Siria. Esta conclusión, como veremos en breve, estuvo cargada de consecuencias para el futuro del Baath, en el que comenzaron a surgir diferentes corrientes políticas.

Mientras tanto el baathismo comenzaba a ganar influencia en sectores del ejército sirio y estaba empezando a incursionar y ampliar su influencia más allá de las fronteras de Siria, en particular hacia Jordania e Irak. En 1956, el Baath se financió la campaña a favor de la unión entre Siria y Egipto. Esta opción correspondía al objetivo de la unidad árabe, pero llevaba también un interés más inmediato: poner en dificultad al Partido Comunista Sirio, cuya crecimiento social y electoral era muy rápido. Por otro lado, el PC, a la orden de Moscú, se declaró en contra del proyecto de unificación de los dos países (es famosa la controversia al respecto entre Nasser y Jruschov sobre la unidad árabe[8]), dejando que el Baath ganase las simpatías de las clases trabajadoras por el sincero entusiasmo con que estas acompañaban el proyecto de la  unidad árabe y veían en clave antiimperialista las nacionalizaciones realizadas en el Egipto de Nasser. La unificación de los árabes no era para nada una reivindicación reaccionaria, por el contrario fue un proyecto que tenía como objetivo eliminar fronteras ficticias y que hubiera traído grandes problemas al imperialismo y sus posibilidades de penetración, además de permitir de movilizar a las masas mediante y por esto de abrir procesos revolucionarios que hubieran podido ir más allá de la revolución democrática. La principal limitación de la propuesta de la Republica Árabe Unida fue sin duda el hecho de que esta no surgió desde abajo, sino que respondía a las preocupaciones del régimen de Nasser y a su necesidad de ampliar el mercado para sus industrias.

Sin embargo, el haberse opuesto a la Republica Árabe Unida que tenía un sincero apoyo de las masas, no permitió al PC sirio de aprovechar de las contradicciones que se acumulaban al interior de esa, así como de su inevitable crisis que llegó solo pocos años después de haber sido proclamada. La burguesía Siria, dañada por las nacionalizaciones de Nasser, comenzó a actuar ilegalmente en contra de Republica Árabe Unida con la ayuda de los militares. En 1961, tras un golpe militar, Siria se retira de la federación. El mismo Baath participó en el golpe mostrando de preocuparse más por la defensa de los beneficios de la clase dominante que por los ideales por los que nació. El sueño de la unidad árabe y una actitud diferente del PC hacia la Federación hubiera podido desenmascarar más fácilmente a los ojos de las masas la verdadera naturaleza de baathismo.

La revolución yemení

La lucha armada fue el instrumento utilizado en Yemen del Sur para lograr la independencia nacional. La insurrección estalló en las montañas del protectorado en 1963 y fue dirigida por el Frente de Liberación Nacional. Los reyes y los terratenientes de las zonas rurales se vieron desbordados por la guerrilla. El imperialismo británico se vio obligado a retirarse en noviembre de 1967 y se proclamó la República Popular de Yemen del Sur. El programa político del FLN preveía la abolición de la propiedad, la diversificación de la producción agrícola y el desarrollo industrial. Sin embargo, la nueva República nació en condiciones muy difíciles. La crisis económica derivada del cierre del Canal de Suez, tras la guerra árabe-israelí y la salida de la guarnición británica creó un estado de estancamiento y la aparición de tensiones en el seno del FLN. Esta situación pone de inmediato a la burguesía y a la pequeña burguesía a lado de la contrarrevolución las cuales, con la ayuda de Arabia Saudita, organizaron una acción militar contra el nuevo gobierno que había asumido el poder en Adén, la capital de Yemen del Sur. En estas condiciones surge el ala izquierda del FLN dirigida por Salem que destituye el gobierno y desarma a la burguesía nacionalizando por completo toda la economía.

Para eliminar el feudalismo y el latifundio se hizo necesario, por lo tanto y al mismo tiempo, la eliminación de aquellos elementos de naciente capitalismo yemení. Yemen del Sur se proclamó el estado de "marxista": se trataba en realidad de un régimen de bonapartismo proletario basado en los modelos cubano y chino. Esto se debió principalmente a que la batalla librada por la izquierda del FLN se basaba en el ejército y dejaba pasivos a los obreros y a los campesinos yemeníes.

Los marxistas se basan en la clase obrera no por motivos arbitrarios sino sólo bajo la dirección de la clase obrera organizada se puede lograr la transformación socialista de la sociedad. El derrocamiento del capitalismo por o a través de la guerrilla puede conducir a un cambio político y social, pero no a un Estado obrero sano. En cualquier caso, los grandes beneficios traídos por la abolición del latifundismo y el capitalismo eran evidentes cuando se comparan las condiciones de vida de los trabajadores y campesinos del sur de Yemen con otros países de la región. En Yibuti, por ejemplo, el 80% de la población estaba desempleada, pero este fenómeno no existía en el Yemen. Sin embargo, la falta de democracia obrera y el aislamiento de un país pobre y atrasado tecnológicamente, rodeado por regímenes semifeudales hostiles a él, tales como Arabia Saudita y Omán, creó las condiciones para la estratificación de una casta de burócratas, como los de los demás estados obreros deformados como la URSS, China y Cuba.

El escritor Fred Halliday, que había observado personalmente los acontecimientos revolucionarios en el Yemen escribiendo un libro sobre ellos, se había dado cuenta de algunos cambios en las condiciones sociales y de vida de los líderes del estado de Yemen durante una visita en 1979. Escribió: "Los miembros dirigentes del partido en Adén han acumulado muchos privilegios materiales en la forma de un acceso exclusivo a los bienes de lujo y el poder militar se ha convertido en el principal poder del Estado". A principios de los 80’s Nasser Mohammed, Jefe de Estado, de acuerdo con la Unión Soviética que temía un desarrollo de la revolución en el norte de Yemen, Omán y Arabia Saudita, retiró cualquier apoyo a los movimientos revolucionarios de los países limítrofes y trató de llegar a un compromiso con el estado religioso de Yemen del Norte. Los dirigentes del Partido Socialista de Yemen, el único partido del país, que tratasen de contrarrestar esta línea política, cayeron víctimas de las purgas de Mohammed Nasser: la pena capital y verdaderos asesinatos decapitaron la burocracia del partido. Sin embargo, Mohammed Nasser fracasó en su intento de eliminar a todos sus rivales y no pudo evitar el estallido de la guerra civil que comenzó en 1986. La guerra enfrentó a dos facciones burocráticas y terminó con la derrota de Nasser Mohammed, pero el estado de Yemen del Sur salió fatalmente debilitado y las tropas del ejército del Yemen del Norte ocuparon Adén.

El papel de los partidos comunistas

La razón por la cual la revolución en los países árabes se ha desarrollado en las formas históricas que hemos descrito hasta ahora, y el por qué no ha ido más allá de un carácter democrático-burgués tomando formas tan distorsionada, como el bonapartismo proletario, se debe principalmente a la ausencia de fuertes partidos marxistas. Que estuviesen presentes todas las condiciones objetivas para la revolución es demostrado por la movilización de las masas y las turbulencias en Irak o en la revolución argelina. Sin embargo la dirección de estos procesos fue asumida por el nacionalismo burgués, por los errores de los partidos comunistas que abandonaron el capital teórico marxista acumulado en las revoluciones políticas desde 1848 hasta la Revolución Rusa. Lamentablemente, el estalinismo desempeñado un papel criminal en el desarrollo de la revolución en el mundo colonial. La burocracia estalinista, tras haberse consolidado en el poder en la Unión Soviética, desarrolló ideas fuertemente conservadoras. Ante el temor de que la revolución en otros países se desarrollaría sobre una base más sólida representando por lo tanto una amenaza a su dominio en Rusia, en un momento dado, comenzó a trabajar activamente para evitar que la revolución triunfe en otros lugares. La Internacional Comunista degenerada y sometida a los intereses de la burocracia de Moscú, recuperó la vieja teoría de "dos etapas". En lugar de seguir una política de independencia de clase que dirigiese a los obreros y a los campesinos hacia la toma del poder, los partidos comunistas ahora tenían que buscar alianzas con la burguesía "progresista" y los sectores "progresistas" de las Fuerzas Armadas. Tras la disolución del Comintern, esta política seguía siendo la brújula de orientación de los distintos PC, verdaderas agencias de los intereses de los burócratas soviéticos en el mundo. La teoría de las "dos etapas" representó una ruptura importante con el marxismo. Incluso en 1848, en el momento de las revoluciones burguesas en Europa, Marx y Engels ya habían argumentado que si estas revoluciones quedaban inacabadas, esto se debía principalmente a la función contrarrevolucionaria de la burguesía liberal y los demócratas que jugaron una gran influencia sobre el proletariado todavía joven, desorganizado y sin una independencia de clase. Incluso el leninismo se afirmó en la lucha contra el menchevismo que desarrolló la teoría de las "dos etapas" como perspectiva para la Revolución Rusa. Era justamente de los mencheviques, de hecho, esta visión rígida y esquemática, que siempre, en condiciones de atraso económico, fuese necesaria la cooperación política entre el movimiento obrero y la burguesía liberal, a la cual tocaba la dirección de la revolución. Realizada la República Democrática la burguesía tenía que ir al gobierno, mientras que los socialistas se organizarían en la oposición esperando las condiciones para una revolución proletaria, que era pospuesta a un futuro indefinido. En cambio Lenin, de acuerdo con Trotsky, explicó que la burguesía rusa era incapaz de lograr la democratización del Estado y no habría apoyado un movimiento que pondría en tela de juicio la propiedad de la tierra, jugando entonces un papel contrarrevolucionario. La única clase que podría llevar a cabo las tareas revolucionarias era para Lenin la clase obrera en alianza con los campesinos. Sólo una "República Democrática de los trabajadores y campesinos" podía  desarrollar rápidamente las tareas de la revolución democrático-burguesa en Rusia y sentar las bases para una transición a la sociedad socialista. Requisito indispensable era la independencia política y organizativa del movimiento obrero y por esto los bolcheviques explicaban que "La Internacional Comunista debe entrar en las alianzas temporales con la democracia burguesa de las colonias y de los países atrasados, pero no debe fusionarse con ella y debe preservar absolutamente la independencia del movimiento proletario, incluso en su forma embrionaria "(Lenin, Resoluciones de los primeros 4 Congresos de la Internacional Comunista). Todo lo contrario de lo que hicieron los partidos comunistas en los países árabes aplicando la fórmula de las "dos etapas" (primero la revolución democrática y la independencia nacional, en un futuro indefinido la revolución socialista). Como vimos en el Egipto de Nasser los comunistas apoyaron al régimen hasta ser integrados en el aparato estatal, para ser expulsados y perseguidos por el mismo Nasser cuando en el país comenzó a surgir una oposición de clase. En Irak el intento desesperado del PC de llegar a una alianza con la burguesía nacional, llevó paradójicamente a los comunistas a apoyar antes a Kassem y después al partido Baath, justo cuando Kassem y los baathistas ilegalizaban el Partido Comunista y mataban a cientos de sus militantes. En Argelia durante la guerra de liberación, el Partido Comunista llegó al extremo de disolverse en el Frente de Liberación Nacional. Las razones por las cuales los comunistas debían apoyar las revoluciones en Egipto e Irak, así como las de Argelia, Siria, Yemen y en general en todos los países coloniales, son evidentes. Se trataba de movimientos revolucionarios que asestaron un duro golpe al imperialismo, levantaron a las masas e hicieron avanzar la lucha de clases. Pero este apoyo no implicaba en ningún caso que el movimiento obrero se uniría con la burguesía nacional en general.

 ¡La unidad de los países árabes sólo puede ser socialista!

La revolución en los países ex-coloniales es permanente por dos razones: en primer lugar, porque va más allá de los límites de la democracia burguesa y asume un carácter socialista, y en segundo lugar, porque comienza en un país y luego se expande a nivel internacional. Si así no fuese la revolución en cualquiera de estos países no tendría posibilidad de éxito. Si los obreros y campesinos tomasen el poder en cualquiera de los países árabes, el imperialismo de EE.UU. no se quedaría con los brazos cruzados más bien utilizaría todo su poder para destruir la revolución con el sabotaje económico y la intervención militar. Además, sobre la base del atraso tecnológico y económico que caracteriza a estos países, inevitablemente se crearía una camarilla de privilegiados como ocurrió en la Rusia soviética debido a su aislamiento. De hecho, como ya explicó Marx: "Solo se socializaría la miseria y con las necesidades volvería el conflicto" (Marx, Engels, La ideología alemana). La única manera que un Egipto o un Irak revolucionarios, por ejemplo, puedan enfrentar a sus enemigos sería la de hacer un llamamiento a los trabajadores de todos los países árabes a seguir su ejemplo. Este llamamiento no caería en oídos sordos. Entre las masas árabes sigue vivo el ideal de la unidad de todos los pueblos árabes, basta con ver lo que han causado en términos de manifestaciones masivas de solidaridad en el mundo árabe hechos como de la masacre de los palestinos o la guerra en Irak. En Egipto durante las recientes manifestaciones que tuvieron lugar durante la guerra imperialista en Irak, las manifestaciones terminaron con consignas contra los gobiernos árabes actuales, que son correctamente vistos por las masas como administradores locales del imperialismo, e himnos a Nasser y su sueño de una nación árabe unida. Pero sobre base capitalista esta idea sigue siendo una ilusión como demuestra la experiencia de la Republica Árabe Unida. La burguesía siria preocupa de perder su peso y sus privilegios decidió en 1961 de acabar con la utopía de Nasser y tras un golpe de Estado Siria se retiró de la Federación. Ahora las diferentes burguesías nacionales han desarrollado específicos intereses y vínculos especiales con el capital extranjero. Por lo tanto no permiten la creación de un proyecto político que podría volverse contra ellos y cuando tratan de presentarse como defensores de la aspiración a la unidad, su esperanza es de ampliar su mercado debido a una posible integración entre los países, como lo fue para la burguesía egipcia con Nasser. El mismo Saddam Hussein enarboló el ideal pan-árabe, pero esto no le impidió de masacrar a los kurdos y los chiitas y declarar una guerra sangrienta contra Irán. Bajo el capitalismo, el futuro de la población árabe es un futuro de división, discordia y de derramamiento de sangre.

Últimamente parece que la frustración social de las masas árabes ha fomentado el auge del fundamentalismo islámico. Hay que ser claros en este punto: si esto sucede se debe a décadas de traiciones de los partidos árabes de izquierda que debilitaron las fuerzas laicas y progresistas, incluyendo a los partidos comunistas. Sin embargo, también es cierto que algunas situaciones son deliberadamente exagerada por la propaganda burguesa que quiere que pensemos a los países árabes como un mundo totalmente en manos de los oscurantistas y las fuerzas reaccionarias y luego nos quieren hacer creer que la guerra de Bush no es una guerra de clases, una guerra imperialista, sino una guerra de civilizaciones. Los trabajadores jóvenes y árabes pronto aprenderán, sobre la base de su experiencia, que el fundamentalismo islámico no les ofrece ninguna salida, como lo demuestra lo que ya está sucediendo en Irán. La acción de las masas, de hecho, preocupan a los líderes islámicos porque sus proyectos reaccionarios no coinciden con las aspiraciones de progreso y bienestar. Como demuestra la experiencia de los marxistas en Pakistán, los islamistas pueden ser derrotados rompiendo abiertamente con la burguesía corrupta, dejando de lado las ilusiones en las Naciones Unidas, y ofreciendo una alternativa de clase y de lucha revolucionaria por una Federación Socialista de los países árabes. Hoy en día, después del colapso del estalinismo y después que los partidos nacionalistas como el Baath han sido desacreditados, estamos seguros de que los trabajadores jóvenes árabes volverán a sus mejores tradiciones de lucha y seguirán el emocionante llamamiento que Marx y Engels dirigieron a los trabajadores después de las revoluciones de 1848: "Tienen que hacer lo imposible por la victoria final, esclareciendo sus intereses de clase, asumiendo posición como partido independiente sin dejarse seducir ni por un solo momento por las frases hipócritas de la [pequeña burguesía democrática …] Su grito de guerra debe ser: revolución permanente" (Marx, Engels, dirección de CC de la Liga Comunista).

16 de noviembre de 2003




[1] En 1915 el gobierno británico, en la persona del Alto Comisionado en Egipto, Sir MacMahon, comenzó con el Sheriff Hussein de la Meca, un famoso intercambio de cartas en el que ofrecía la independencia de los árabes a cambio de su ayuda militar contra Turquía. Sin embargo al mismo tiempo Gran Bretaña entró en negociaciones secretas con Francia para llegar a un acuerdo mutuo por la división de lo que fue prometido a Hussein. Gran Bretaña envió asesores (incluyendo el famoso Lawrence de Arabia) y ayudas a la guerrilla árabe que, durante la Gran Guerra contribuyó valiosamente a la causa aliada con el sabotaje y los ataques contra el ejército turco. Al final de la guerra, la Conferencia de Paz concretó el acuerdo franco-británico y a los hijos de Hussein, Faisal y Abdullah, fue entregado sólo el reino de Irak y Trans Jordania. La consecuencia fue que para conservar el poder Faisal y Abdullah necesitaban el apoyo de Gran Bretaña, que se apresuró a rodearlos de asesores, sin dejar de dominar en toda la región. Lo mismo ocurrió con Egipto, que se vio reconocido el derecho a la independencia en 1920, pero tuvo que permanecer en la esfera de influencia británica y aceptar las bases militares imperialistas en su territorio.

[2] Importante en este proceso el papel desempeñado por los contrastes entre las diferentes potencias imperialistas. En particular, los EE.UU., en un intento de penetrar económicamente en el Medio Oriente trató de presentarse como una potencia "pacífica" para contrarrestar el histórico colonizador británico con el propósito, de hecho, de debilitarlo y reemplazarlo. Los EE.UU. en un primer momento también apoyaron el golpe de los Oficiales Libres en Egipto en 1952.

[3] Gran Bretaña en 1917, aceptó la solicitud del movimiento sionista que solicitó autorización para establecer un estado judío en Palestina. En una carta oficial al Presidente de la Federación Sionista el Ministro de Relaciones Exteriores británico, Balfour, declaró la disponibilidad de "Gobierno de Su Majestad" para establecer asentamientos judíos en Palestina.

[4] En cualquier caso, la cúspide de una economía capitalista es el sistema bancario, vinculados como anillo al dedo a los latifundistas por medio de las hipotecas. Si no se pierde de vista el hecho que los mismos industriales dependen de los bancos se explica que es lo que lleva a la burguesía industrial a proteger a los latifundistas: el miedo de la quiebra de los bancos debido a las hipotecas sobre la tierra.

[5] El Partido Comunista de Egipto, al igual que otros PC, durante la Segunda Guerra Mundial se alió con el imperialismo anglo-americano. Se trataba de una política decidida en Moscú que supeditaba la lucha al capitalismo global a la defensa de la burocracia soviética. Esta actitud alienó a los partidos comunistas la simpatía de las masas de obreros y campesinos, no sólo en Egipto. En Argentina, por ejemplo, se sabe que la actitud pro-británicos del PCA facilitó el ascenso de Perón, quien logró explotar el sentimiento anti-imperialista de la población.

[6] Los abasidas fueron una dinastía que descendía de uno de los tíos del profeta Mahoma y gobernaron desde 750 hasta 1258 después de Cristo. 

[7] El Partido Comunista siguió apoyando a Kassem, aunque este lo había ilegalizado. Por su parte los seguidores de Nasser y del partido Baath comenzaron a presionar para que Irak entrase en la Republica Árabe Unida.

[8] Kruschev describió el proyecto pan árabe como un plan abiertamente racista. En realidad, la burocracia soviética tenía miedo de que la unificación de los árabes pudiese romper el equilibrio internacional y la división del mundo en esferas de influencia que había surgido de los tratados de Yalta. Aún más peligroso para la burocracia de Moscú eran las perspectivas de movilización de masas por una "nación árabe unida." Por otra parte es fácil ver cómo las revoluciones en los países árabes se han hecho a pesar de los diversos partidos comunistas y no a gracias a ellos.