La conspiración divina del dióxido de cloro


Premisa: este texto tiene el objetivo de afinar, por así decirlo, nuestras capacidades críticas sobre el sistema en que vivimos. Si buscas informaciones sobre cómo utilizar el dióxido de cloro, no las encontrarás. Si tienes síntomas como dolor de cabeza, cansancio y dolores musculares, gripe, pérdida del olfato y del gusto, náusea, vómito, diarrea, trata estos síntomas con las recetas de las abuelas que quieras, casi todas contienen un elemento empírico de verdad, pero no te hagas faltar un tratamiento de antipiréticos y antiinflamatorios. Si tienes fiebre que no baja y dificultades respiratorias, aunque leves, acude de inmediato a un médico. Este es el único consejo realmente salvavida.

Steven Soderbergh, el director de cine, ha llevado a la pantalla grande algunas de las más premiadas historias reales de lucha al sistema o a sus abusos de las últimas décadas, como las biografías de la activista medioambiental norteamericana Erick Bronkovic o del Che. Pero su película Contagio de 2011 sorprende en la descripción de la pandemia que vivimos ahora. El personaje interpretado por Jude Law en esta película ha ganado influencia en las redes sociales denunciando las conspiraciones de científicos, gobiernos y corporaciones que usan la información en su beneficio y explotan los miedos de la gente. Este personaje empieza a promover una cura alternativa para el virus y acaba arrestado mientras se está vendiendo a una corporación que la produce.

Esta es una manera tal vez un poco simplista y pedagógica de representar el problema, pero las cosas en el mundo real no son totalmente diferentes. Las teorías conspirativas expresan la desconfianza hacia las clases dominantes, la búsqueda por revelar los secretos vitales que guardan celosamente, la denuncia rabiosa contra la farsa de la democracia. En pocas palabras son el producto de la degeneración imperialista del capitalismo, dominado por los monopolios. Pero, al no conectar con esta su causa última, las teorías conspirativa agarran el odio de clase por la mano y lo llevan a jugar exactamente ahí donde el capitalismo puede cuidarse de él. Esto es lo que ocurre con muchas “curas milagrosas” al coronavirus que constantemente se plantean en nuestro país, incluso el dióxido de cloro.

San Jorge en frasco

El dióxido de cloro es un producto químico compuesto de clorito de sodio al 28 por ciento y agua destilada. El clorito de sodio es el nombre científico de la lavandina. El uso de este preparado con fines médicos ha sido impulsado por un ingeniero norteamericano de nombre Jim Humble, miembro de Scientology, una secta religiosa que suma sentencias en todo el mundo por conspiración, espionaje, estafa, fraudes al fisco, extorsión etc., y destaca también por ideas reaccionarias contra los derechos civiles. 

Humble empezó a comercializar el dióxido de cloro con el nombre de “Milagrosa Solución Mineral” (MMS por su sigla en inglés) y vendiéndolo como cura a todo, incluso el SIDA. Con estas propiedades milagrosas el uso médico de este preparado es impulsado en el mundo por otra secta religiosa, Genesis II, Church of Health and Healing (la iglesia de la salud y de la cura), que los medios mundiales han renombrado “la iglesia de la lavandina”. Sus adeptos han empezado a difundir el uso de esta pócima mágica en África y en América Latina cuando en los países industrializado se ha denunciado el peligro que conlleva su consumo. Esto ocurrió con la muerte de Sylvia Nash, una mujer estadounidense muerta por los efectos de esta “cura milagrosa”. Sin embargo, el reaccionario Trump, aconsejado por el “Papa” de esta secta Mark Grenon, sugirió emplear dióxido de cloro contra el coronavirus, con el resultado de mandar mucha gente intoxicada al hospital. 

Hay gente que explota económicamente este producto, pero las razones de su difusión son otras. El fanatismo religioso considera al cuerpo como el infierno del alma, así que nada mejor de un desinfectante para purificarlo de todos los males como San Jorge que mata al diablo. Pero el hecho es que la vida terrena es un realmente un infierno para la mayoría. Que estas ideas nazcan en la primera potencia económica mundial es otra expresión de la ley del desarrollo desigual que explica como el capitalismo agudiza las contradicciones, económicas, sociales y de la vida humana porque plantea posibilidades de resolverlas sin ser capaz de dar este paso. 

En 2016 la cadena televisiva norteamericana ABC infiltró un periodista en la iglesia de la lavandina que evidenció este fanatismo. Después de esto Jim Humble, desde su escondite en México, publicó una declaración en la que afirma “Ciertamente, hay veces que he dicho algunas cosas que probablemente debería haber dicho de manera diferente. Por falta de una mejor manera de expresar las cosas en ese momento, o porque otros pusieron palabras en mi boca, en el pasado he declarado que el dióxido de cloro (MMS) cura todas las enfermedades. ¡Hoy, digo que el dióxido de cloro (MMS) no cura nada! El MMS sirve como una herramienta para matar patógenos y oxidar venenos en el cuerpo que le permite al cuerpo sanarlo. Vivimos en un mundo tóxico y tenemos la suerte de tener el MMS, así como otras herramientas importantes para la salud, para combatir los efectos nocivos de los alimentos pobres y los productos químicos que nos enferma”.

¿Funciona?

Pese a ello un alemán de nombre Andreas Kalcker que se presenta como biofísico sostiene que el dióxido de cloro es la cura al coronavirus y que su revolucionario descubrimiento sería hostigado por las grandes industrias farmacéuticas por tratarse de una cura barata y accesible a todos. En las piadosas condiciones en que nuestro país afronta la pandemia, con sistema de salud colapsado, sin laboratorios, sin fármacos retrovirales y con un gobierno usurpador, el dióxido de cloro ha llegado como agua en el desierto, y se ha vuelto rápidamente una bandera nacional por la salud y la democracia que une a pititas intoxicados y masistas que siguen teorías conspirativas. 

El Ministerio de Salud ha declarado que no aprueba el suministro de dióxido de cloro a los pacientes afectados por contagio de coronavirus, pero no lo ha prohibido por temor a la presión popular y porque esta gente entró al palacio con la Biblia y por ahí Dios está hablando en alemán ahora. Así los servicios departamentales de salud de Oruro, de Chuquisaca y Pando, han incluido el dióxido de cloro en el paquete de tratamientos para COVID 19. Decenas de testimonios salen a la prensa cada día para dar cuenta del milagro. 

El coronavirus es un virus, que a diferencia de las bacterias, puede reproducirse solo en el organismo que lo hospeda. Un virus penetra la célula, se multiplica en ella y luego la destruye, a menos que el organismo no tenga anticuerpos adecuados para evitar esta replicación viral o un fármaco, llamado retroviral, impida este proceso. Lo que el dióxido de cloro promete hacer no es ni lo uno ni lo otro. Como la lavandina, este químico oxida el virus y lo elimina de superficies, pero admitiendo que haga lo mismo en el cuerpo humano ¿porque no debería hacer lo mismo con nuestras propias células? De hecho el dióxido de cloro puede causar daños irreparables a nuestro organismo.

La estafa perfecta

El uso del dióxido de cloro para la desinfección de aguas es objeto de numerosos estudios y aplicaciones, pero muy pocos lo toman en cuenta como fármaco. En uno de estos cuatro investigadores de la Universidad de Budapest, en Hungría, dicen que el dióxido de cloro, inhalado o con gargaros, puede eliminar el virus de las vías respiratorias altas sin tener efectos adversos, pero deben admitir que ingerido a la dosis suficiente para eliminar el virus del organismo, de pulmones u otras células, destruiría todo. Sugieren entonces experimentar en animales para tener una dosis que funcione en humanos contra el coronavirus. Los cuatro son propietarios o trabajadores de una empresa que produce dióxido de cloro. 

Lo que ha convertido el coronavirus en una pandemia es la extrema facilidad de contagio. Pero estadísticamente solo un 15 por ciento de los contagiados desarrolla complicaciones que pueden resultar fatales. Solo que el 15 por ciento de 100 es 15, y el 15 por ciento de diez millones es un millón y medio. Lo que hace que esta pandemia sea tan letal, incluso en los países industrializados, son los recortes al gasto en salud. Es por esto que muchos no han encontrado hospitales donde internarse ni unidades de terapia intensiva donde impedir la falta de oxigenación u otras complicaciones. 

Los preparados de una gota de dióxido de cloro en litro de agua hace el “milagro” de evitar complicaciones en aquellos que estadísticamente no tendrán complicaciones. Es fácil prever lo que pueda suceder con el resto. Alguien de los que hoy buscan desesperadamente donantes de plasma hiperinmune para sus familiares, tratarán de forzar las aperturas del sistemas de salud al dióxido de cloro para pedir que se lo suministre a sus seres queridos, sin lograr darle la cura que el sistema de salud no pudo darle. 

Engendros del capitalismo

Que gente, también de izquierda, en nuestro país utilice la oposición de la comunidad científica internacional y la blanda oposición del gobierno para defender el uso del dióxido de cloro, es muestra de un total desconocimiento de cómo funciona el capitalismo. Si el dióxido de cloro tuviera efecto, el sistema lo estaría vendiendo, peleando tal vez por la exclusiva de su producción. El capitalismo no hace propaganda, esta sirve solo para vender lo que se produce explotando trabajo. Que venda la historia del Che o del pato Donald, es totalmente indiferente para el funcionamiento de este sistema. 

A principio de la pandemia mundial, nuestra internacional publicó el artículo Ellos y nosotros: los ricos y los pobres durante la pandemia que reproducimos en nuestra revista Lucha de Clases, en el cual el camarada Hamid Alizadeh escribía 

Otro medicamento potencialmente eficaz, Remdesivir, que fue desarrollado con al menos 79 millones de dólares de fondos públicos, fue declarado “huérfano” por la Administración de Alimentos y Medicamentos de EE.UU. hace días, según la Intercept. Este estatus le da a un fabricante el monopolio de la producción de un determinado medicamento – ¡si se considera que el medicamento es para el tratamiento de enfermedades raras! Pero la enfermedad del coronavirus es cualquier cosa menos una enfermedad rara. El estatus permite a las compañías farmacéuticas aumentar el precio de una droga en particular de manera dramática. Según el mismo informe, “en 2018, el costo promedio de un año de tratamiento con un medicamento huérfano era de 98.500 dólares, comparado con los 5.000 dólares de los medicamentos que no tienen esa designación.

Esto es exactamente lo que ha pasado con este y otros fármacos que tienen la mayor eficacia en bloquear el proceso de reproducción del virus en nuestro organismo. El remdesivir ha sido “patentado” por una multinacional norteamericana que lo venderá a un precio de 400 dólares la tableta, casi 6000 dólares por tratamiento, y el 90% de su producción será destinado a EEUU. Por razones como esta en nuestro programa publicado en marzo, propusimos “romper las leyes del derecho propietario internacional sobre medicamentos”. He aquí algo más práctico y efectivo por que luchar y criticar OMS, gobiernos y comunidad científica que no sea el derecho a intoxicarse con lavandina porque una secta religiosa piensa de haber sido bendecida por Dios con esta cura milagrosa. 

¿Qué te falta saber?

La universidad boliviana se ha dividido sobre el dióxido de cloro. Universidades como la UMSA han emitido pronunciamientos contra su uso basados exactamente en la OMS y una comunidad científica internacional rechazada por su incapacidad de dar respuestas a la pandemia. Otras se han puesto a producir dióxido de cloro. Son más de la misma actitud colonial vendida como debate entre ciencia y superstición o entre monopolio y democratización de la medicina. La ciencia es la que libera, su verdad es práctica, no teórica, así como escribía Marx hace más de 150 años. Es la ciencia que no está al servicio de la liberación humana la responsable de la superstición y de los monopolios farmacéuticos. 

Si, en vez de pelear por su patente, hubiera empezado la producción de remdesivir y otros retrovirales eficaces, decenas de miles de vidas se hubieran salvado. Si, en vez de la competencia entre países y laboratorios, el mundo estuviera cooperando para encontrar una vacuna, millones de contagiados se podrían haber salvado. El marxismo no ofrece ninguna cura milagrosa para todas las enfermedades del mundo. Pero ofrece la cura contra la ausencia de curas, que es causada por el capitalismo. 

Este artículo no servirá ni se propone convencer a una persona que, a falta de otro, esté considerando tomar dióxido de cloro. No funciona así. Queremos que tu que lo leíste y entendiste cómo y con cuales fines este sistema realmente nos manipula, como nos concede pequeñas batallas (el dióxido de cloro) para distraernos de la guerra en su contra, consideres organizarte con nosotros, con la Corriente Marxista Internacional para dar a la rabia que crece en nuestra sociedad el objetivo de acabar con este sistema. Esto cambiará las cosas.