La crisis del euro y la confusión de la izquierda


La crisis griega se acerca a un salto cualitativo. Antes de las elecciones del 17 de junio se difundieron muchas palabras tranquilizadoras, pero todos saben que se están preparando los planes para la salida del euro en un intento por minimizar las consecuencias y echarle la culpa a la “irresponsabilidad” de los griegos.

Los timoneles de la Europa capitalista (y en realidad del mundo entero) se encuentran en el filo de un abismo del que no se ve el fondo y están indecisos sobre qué hacer. Hasta hace poco, los diferentes guardianes del “rigor” ladraban contra los griegos “irresponsables” con la amenaza de abandonarlos a su suerte si no seguían estrictamente los dictados de la Troika BCE, UE, FMI. Ahora, sin embargo, los espíritus calientes se han calmado un poco, al empezar a darse cuenta de que la salida de Grecia no sería un incidente aislado, sino el comienzo de una reacción en cadena cuyos efectos nadie puede predecir.

No se ven alternativas, sin embargo: si se permite que Grecia se desvíe de los acuerdos, todos los demás países endeudados exigirán poder hacer lo mismo, lo que causaría una pérdida de credibilidad generalizada de la moneda única y de la fiabilidad de todos los títulos de deuda pública y privada emitidos en euros.

Eurobonos: ¿Solución o nuevo problema?

El frente de la crisis de la deuda pública se está moviendo directamente hacia España seguida por Italia, llevando las contradicciones al corazón de la zona euro. El tamaño de las economías y la deuda pública española e italiana no dejan lugar a la ilusión de poder contener la crisis sin que esta afecte a la moneda única en su conjunto. La rigidez del gobierno alemán está causando una creciente preocupación y da lugar a protestas, llevando a la formación de un frente político entre Italia, Francia y España, apoyados por Gran Bretaña, e incluso por la administración de Obama, que trata de aliviar la austeridad, aumentar el plazo de devolución de las deudas y encontrar una manera de gastar algo de dinero en inversiones. La nueva palabra de moda es: eurobonos.

La propuesta consiste en la emisión de bonos que ya no estarían garantizados por los estados individuales, sino de forma conjunta por todos los países de la eurozona a través de un fondo especial o de un banco, con lo cual se evitaría el problema de los rendimientos diferentes que hoy en día están obligando a los países más débiles a pagar altas tasas de interés, mientras que Alemania logra colocar sus bonos a precios por debajo del 1 por ciento. Sobre el papel todo esto es muy lógico: el más fuerte se encarga de ayudar al más débil, mientras que los más débiles quedan sometidos a una gestión común del problema de la deuda. En la actualidad las propuestas en este terreno constituyen una auténtica Torre de Babel. La más radical de estas propuestas es la de transformar el total de las deudas nacionales en una sola deuda pública europea, la versión menos radical propone que los eurobonos sustituyan la deuda pública nacional hasta una cantidad determinada, por ejemplo la parte que exceda del 60 % del PIB; otras propuestas más modestas sugieren financiar algunas inversiones en infraestructura a través de estas emisiones de bonos, descontándolos de la deuda total. Merkel propone un mecanismo diferente en el que los países más endeudados serían más responsables unos de otros.

Suponiendo que algo de esto sea posible, ¿cuáles serían las consecuencias? En primer lugar, no queda del todo claro por qué un fondo garantizado por países con finanzas públicas y economías radicalmente diferentes, como Italia y Alemania, debería ser capaz de pedir prestado a tasas especialmente asequibles. Los mercados podrían fácilmente determinar que los “malos” corren el riesgo de infectar a los “virtuosos” y pedir tasas de interés más altas. En segundo lugar, si se crea un mercado dual, dividido entre los bonos nacionales y los eurobonos, esto inevitablemente reproduciría las mismas diferencias que vemos hoy entre los diferentes países. La contradicción que se encuentra hoy en los márgenes que castigan a Italia o España se manifestaría bajo una nueva forma. En otras palabras, los eurobonos en lugar de repartir el riesgo entre los países, reduciéndolo, bien podrían representar otro medio de contagio de la crisis de la deuda.

La crisis del euro y la crisis de Europa

La raíz del problema no reside en tecnicismos o en las disputas mediante las cuales los distintos gobiernos tratan de culparse mutuamente. En su lugar tenemos que entender la crisis del euro no como un fenómeno que surge por sí mismo, sino como una manifestación específica de la crisis capitalista mundial. La crisis de la deuda y las crecientes dificultades en gestionar la moneda única no son las causas, sino las formas por las cuales se expresan contradicciones fundamentales. Los países europeos son demasiado pequeños para competir en una economía capitalista en la que la producción y las finanzas desde hace mucho han superado los límites del Estado nacional, sobre todo al tratarse de estados relativamente pequeños, como los de Europa. Durante sesenta años, la burguesía europea ha tratado de resolver esta contradicción fundamental a través del proceso de integración europea. La crisis de este proceso confirma la tesis marxista según la cual tanto la propiedad privada de los medios de producción como también los límites de los estados nacionales, que son demasiado pequeños, constituyen los principales obstáculos para fomentar un desarrollo general y armonioso de las fuerzas productivas de la humanidad.

El ex vice-canciller y ministro de Exteriores alemán, Joschka Fischer, en una entrevista publicada en el Corriere della Sera (26 de mayo) pone, desde su punto de vista, el dedo en la llaga: o Europa se convierte en un Estado federal único o la crisis tendrá un carácter catastrófico. Estos son algunos pasajes interesantes de esta entrevista: “O el euro cae, dando lugar a la re-nacionalización y la Unión Europea se desintegra, lo que daría lugar a una dramática crisis económica mundial, algo que nuestra generación no ha vivido nunca,  o los europeos avanzan en dirección a la unión política y fiscal de la eurozona. Los gobiernos y los pueblos de los Estados miembros ya no pueden soportar la carga de la austeridad sin crecimiento. Y no nos queda mucho tiempo, hablo de semanas, tal vez unos pocos meses. “Fischer propone para Alemania, un gobierno de unidad nacional que se basara en la propuesta de los eurobonos para avanzar hacia “la unión fiscal y política de la eurozona”. El primer paso sería la europeización “de la deuda pública (…) en un momento en que el papel de los países de la eurozona es decisivo. Los líderes de los gobiernos nacionales ya actúan de facto como si fueran el ejecutivo europeo mientras que los parlamentos nacionales mantienen la soberanía sobre el presupuesto. Debemos dar pasos concretos hacia una federación: en 1781 hubo una situación similar en Estados Unidos. ¿Y qué es lo que hizo Alexander Hamilton? Convirtió la deuda de los Estados, que estaban en bancarrota debido a los costes de la revolución contra los británicos, en deuda federal. Si no lo hubiera hecho, la joven Confederación no habría sobrevivido. Esto es lo que tenemos que hacer también aquí y ahora.”

Fischer, además de ser un ex ultraizquierdista convertido en hombre de Estado, pasa por ser un gran conocedor y amante de la historia. Se propone hacer en Europa, con más de 200 años de retraso, la revolución burguesa de que los EE.UU. hicieron en 1776.

En un artículo de 1929 titulado El desarme y los Estados Unidos de Europa, León Trotsky tocó el mismo tema, en una polémica con Gustav Stresemann, el entonces ministro alemán de Asuntos Exteriores, que defendía una política exterior de conciliación:

“Comparando la Europa actual con la vieja Alemania, en la que docenas de pequeñas naciones alemanas tenían sus propias fronteras comerciales, Stresemann trató de hallar en la unificación económica de Alemania el antecedente de la federación económica europea y mundial. La analogía no es desdeñable. Pero Strese­mann olvida señalar que para lograr su unificación -y únicamente sobre una base nacional Alemania tuvo que atravesar una revolución (1848) y tres guerras (1864,1866 y 1870), para no mencionar las guerras de la Reforma. Mientras tanto, todavía hoy, después de la revolución “republicana”, la Austria alemana sigue fuera de Alemania. En las condiciones actuales, resulta difícil creer que unos cuantos almuerzos diplomáticos bastarán para lograr la unificación económica de todas las naciones europeas.” (León Trotsky, El desarme y los Estados Unidos de Europa, octubre de 1929)

¿Tiene algún sentido la comparación histórica propuesta por Fischer (y en Italia, en términos similares, por parte de varios miembros del centroizquierda, incluyendo a Romano Prodi)?

El nacimiento de los Estados Unidos de América fue un gran acontecimiento relacionado con el ascenso revolucionario del capitalismo. Fue un acontecimiento especialmente traumático, una revolución cuyo resultado hubo de ser confirmado casi un siglo más tarde, con la sangrienta guerra civil (1860-1865), que planteó precisamente como punto central la alternativa entre “confederación o federación”. En ese período histórico, no sólo la burguesía emergente, sino también la clase obrera tenían todos los incentivos para apoyar el proceso revolucionario, así como en Europa, tenían  un interés en apoyar la formación de estados nacionales, el entorno natural para el desarrollo de  la economía capitalista.

¿Y hoy? Hoy la burguesía no tiene nada que proponer, la integración europea incluso antes de la crisis actual ha significado para la mayoría de la gente sólo inconvenientes: la precariedad, la privatización, la disminución del poder adquisitivo de los salarios, el recorte del estado de bienestar, y en la actualidad todo esto se lleva al extremo con las políticas de austeridad que afligen al continente.

La burguesía, por su parte, está profundamente dividida: una parte se ha beneficiado en gran medida desde el nacimiento del euro y del mercado único, en particular la industria y las finanzas alemanas, mientras que una gran parte de las pequeñas y medianas empresas, especialmente en los países periféricos (incluyendo a Italia) han quedado arruinadas y marginadas por los mercados y han perdido toda capacidad de influir en las condiciones económicas y políticas. ¿De donde se podría generar una fuerza de masas que sería capaz de imponer la unificación del continente sobre la base del capitalismo, lo cual sería una repetición de las grandes revoluciones burguesas con un retraso de dos siglos?

Desde el punto de vista teórico la unificación europea es una necesidad para el desarrollo de las fuerzas productivas. La cuestión, sin embargo, es que una tarea de este tipo no se puede realizar en el contexto de un modo de producción que hoy manifiesta su decadencia. Sobre tales bases los intentos de unificación o bien fracasarán o bien asumirán características completamente reaccionarias. No es ninguna casualidad que el avance del proceso de integración europea en las últimas décadas ha tenido consecuencias reaccionarias en todos los terrenos: la situación social, el Estado de bienestar, los derechos sindicales y democráticos en general, todo ha empeorado. No sólo es imposible movilizar el apoyo de las masas para este proyecto, sino que se debe proceder con métodos cada vez más autoritarios como lo demuestra el caso de Grecia.

Esta es la contradicción básica que lleva al fracaso de las distintas recetas para gestionar la crisis dentro de la eurozona. La propuesta de “federalizar” las deudas públicas de Europa significa en última instancia, crear una eurozona unificada a nivel presupuestario. Un presupuesto único, un sistema fiscal único, un único modelo tributario… Es decir, un único Estado unificado… Sin embargo en el contexto de la actual crisis capitalista mundial, Europa se encalla en el mismo escollo de siempre.

El papel del reformismo

Las burocracias reformistas siempre siguen a la burguesía, y para ser exactos, a la burguesía más fuerte. Han apoyado el proceso de integración en las últimas décadas, con la esperanza de que crearía las bases para una política de reforma social. Se aferran al capital alemán hoy, implorándole para que no se muestre “irresponsable y egoísta” y salve a los países más débiles – y, sobre todo para que salve sus sillones, que garantizan una apariencia de concertación social. A falta de resultados apreciables en este terreno, se apelotonan detrás de Monti, Hollande y Rajoy con la esperanza de persuadir a Berlín para que suavice su intransigencia.

Durante décadas, el camino de la integración europea ha acaparado las principales fuerzas políticas de Europa: el Partido Popular Europeo, el Partido de los Socialistas Europeos y el Grupo Liberal Demócrata, al margen de algunas circunstancias nacionales específicas, han apoyado todos los pasos básicos del proceso y siguen haciéndolo . “Esto es lo que exige Europa” fue siempre el argumento inapelable para silenciar y condenar cualquier tipo de oposición y para disciplinar la más mínima crítica y oposición (escasas, la verdad sea dicha) que viniesen de las burocracias sindicales, que se ven obligadas de vez en cuando a dar voz al malestar de los trabajadores ante los procesos de precarización, privatización y destrucción del Estado de bienestar. Esta cooperación también se basaba en un crecimiento económico relativo que permitía gestionar hasta cierto punto las consecuencias sociales de este proceso.

La crisis ha cuestionado esta alianza, causando una crisis en el seno de las fuerzas políticas que la protagonizaban: los recientes resultados electorales representan una confirmación rotunda de ello. En Grecia, los partidos que han firmado el “Memorando”, el pacto para la estrangulación de los griegos, para definirlo de forma más apropiada, han sido aplastados en las urnas, sobre todo el PASOK (socialistas). Por el contrario, la victoria del socialista François Hollande en Francia ha sido aclamada mediante un alza en el mercado de valores: los “mercados” no se asustan mucho ante las promesas electorales de justicia social, pero esperan que el colapso del eje Merkel-Sarkozy les de un respiro a las políticas de “crecimiento” por si fuera posible recomponer la credibilidad de la Unión y de una moneda única cada vez más impopular entre millones de personas.

¿Salida del euro?

Los éxitos electorales de Mélenchon y del Frente de Izquierda en Francia, SYRIZA en Grecia e Izquierda Unida en España indican la búsqueda, por parte del electorado, de una alternativa a la izquierda del Partido Socialista Europeo, es un voto que refleja las grandes movilizaciones callejeras que han sacudido a estos países. Sin embargo, hay que decir que las direcciones de estas distintas alternativas de izquierda a nivel europeo, carecen de una comprensión clara del problema del euro y de la relación que guarda con la crisis.

La perspectiva de un simple retorno a las monedas nacionales sobre la base del capitalismo no representa ninguna solución a los problemas de las masas. Un estudio publicado en septiembre por el banco suizo UBS  resume los resultados de una posible salida del euro por parte de Grecia: “Teniendo en cuenta todos estos factores, un país que se separa del euro debe esperar un coste de entre 9.500 y 11.500 euros por persona (…) y luego un coste adicional de 3000 a 4000 de euros al año (…) Se trata de estimaciones conservadoras. Las consecuencias económicas del desorden civil, del colapso del país, etc. no se incluyen en estos costes”. (ver:http://bruxelles.blogs.liberation.fr/UBS%20fin%20de%20l%27euro.pdf)

No hay “independencia nacional” alguna que pueda resistir la presión de la crisis global. Tomemos el ejemplo de Gran Bretaña, que se ha mantenido fuera del euro y que tiene una moneda con mucho más credibilidad que una hipotética nueva lira o nueva dracma: la disminución de los niveles de vida, según algunos estudios podría ser proporcionalmente peor que la crisis de los años 1930.

Igualmente peligrosa es la idea que de alguna manera se puede reformar la estructura de la Europa capitalista y permanecer dentro de la moneda única, al mismo tiempo que se adoptan políticas económicas alternativas que eviten la masacre social, la llamada Europa “social, de los pueblos, democrática” con la que durante años se han llenado la boca y que no se materializó en los años de crecimiento económico, y que mucho menos puede hacerlo ahora en la dureza de esta crisis. Una crisis de la que, transcurridos cuatro años desde su inicio, nadie en las direcciones de la izquierda ha logrado medir el alcance y sus consecuencias. Esta ilusión es compartida por los grupos dirigentes de la izquierda alternativa europea, incluyendo a los que defienden la posición de SYRIZA de “no al memorando, pero sin salir del euro”.

La crisis está llevando a la clásica ruptura de los eslabones débiles, lo que significa que a pesar de ser un proceso único, tendrá diferentes momentos y etapas en las diferentes regiones y países del mundo. Hoy en Grecia y mañana en España o Italia, las fuerzas de la izquierda podrían verse muy rápidamente obligadas a dar respuestas concretas a millones de personas que buscan una alternativa. Esta es una de las más importantes lecciones que podemos aprender de la experiencia griega, donde un partido como SYRIZA, que hace tan solo unos años corría el riesgo de romperse en pedazos y luchaba por no desaparecer del parlamento, ha podido encontrarse en unas pocas semanas a punto de formar un gobierno.

Para no acabar aplastado en tal situación, tendrá que tomar medidas drásticas: la abolición del Memorando, la suspensión de pagos de la deuda, el bloqueo inmediato de los movimientos de capitales, la nacionalización de los bancos, como primeros pasos para tomar el control de las palancas indispensables para la defensa de las condiciones de vida de las masas.

Si un proceso como éste se diera en un país hegemónico como Alemania, entonces sería posible incluso suponer que la existencia de la moneda única se convertiría en un vehículo para la generalización de la ruptura revolucionaria. Sin embargo, el proceso real sigue un camino diferente ahora, y cualquier política económica verdaderamente alternativa generará, inevitablemente, enfrentamientos con la moneda única.

Sobre estos puntos clave es urgente abrir un debate en el movimiento obrero. Todo indica que la situación se puede precipitar, como ha ocurrido en Grecia, mucho antes de lo que se piensa, incluso en países como España e Italia.

Sólo sobre la base de la ruptura de la Unión Europea capitalista se podrá construir una verdadera unión; sobre la base de una economía finalmente arrancada al control del capital será posible avanzar sobre bases democráticas y socialistas hacia una verdadera fusión de los pueblos no sólo en Europa sino en todo el mundo.