El nuevo Palacio de Gobierno

Un nuevo Palacio pero: ¿para cuál poder?


Las polémicas sobre el nuevo Palacio de Gobierno son de un populismo hipócrita que no nos pertenece en lo absoluto a la clase trabajadora y el movimiento revolucionario.

Bolivia tiene otras prioridades nos repiten curas, opositores y medios de prensa. El nuevo Palacio deturpa el panorama arquitectónico de La Paz aseguran los críticos  más refinados.

Habría que preguntar de qué manera se podrían resolver los problemas de la salud, educación, de la UPEA y todo el sistema universitario etc., con los 35 millones de dólares que representan el costo aproximado del palacio, menos de los que cuesta construir y equipar un hospital de tercer nivel. Y a los estetas defensores de un casco viejo que expone toda la pobreza material de nuestra gente, lustrabotas, ambulantes y refresqueras: ¿Por qué nunca protestaron por las especulaciones que han reemplazado el modernismo típico de la arquitectura histórica paceña con paralelepípedos sin ningún otro valor que no sea el económico?

Estas críticas pretenden “atraerse a las clases populares” enseñándoles en los abusos de la “casta” al poder la causa de sus problemas. No deja de ser muy indicativo como los propios sectores de la izquierda que han pretendido ennoblecer el populismo, a cuya definición de la RAE nos hemos remitido, caigan ahora víctimas de esta misma herramienta de negación de la lucha de clases.

Bolivia tiene muchísimas prioridades sociales en salud, vivienda, educación, dignificación del trabajo etc. Sin embargo los 35 millones de dólares que ha costado el Palacio de Gobierno con todos sus lujos reales y presuntos son un imperceptible porcentaje de los más de cinco mil millones de dólares devueltos a las multinacionales del gas en una nacionalización parcial y pactada y una cuota igualmente imperceptible de los mil millones de dólares que una sola multinacional minera extrae de las entrañas de San Cristóbal en el sur de Potosí.

La lucha por recuperar estos recursos y administrarlos democráticamente por el bien común no se beneficia en nada con este tipo de polémicas que sirven a distraer. Este es el aspecto central para nosotros, dicho el cual podemos afirmar con la misma claridad que este Palacio es feo, inútil y transmite una imagen del poder que rechazamos, aun sin mirarlo por dentro.

El nuevo Palacio de Gobierno es un edificio de 29 plantas que se erige verticalmente sobre una base estrecha, sosteniendo con columnas de un hormigón gris una estructura plana de vidrio que refleja, absorbe y anula su entorno en el valle de La Paz. Las pinturas de Mamani Mamani o las soluciones decorativas de la arquitectura de los “cholets”, las dos inspiradas al mundo indígena, no han sido utilizadas como en condominios sociales. El mensaje es: el “capital étnico” de las raíces indígenas de Bolivia es para el pueblo, el poder en cambio es otra cosa.

Como marxistas no negamos el valor de los símbolos, al contrario. Pero los símbolos que reconocemos como progresistas, como la hoz y el martillo, son aquellos que cristalizan y señalan el camino de emancipación de la humanidad, que consiste en el dominio consciente de nuestras condiciones de existencia. Criticamos en cambio los símbolos del poder que se alimenta del obscurantismo, la alienación y la remoción del potencial humano.

Este bloque de vidrio y cemento vertical habla de un poder político indiferente, socialmente neutro e incuestionable. El Estado no es ninguna de estas cosas, independientemente de cómo se defina a sí mismo el que circunstancialmente esté en el gobierno. El nuevo Palacio de Gobierno habla de una revolución política, el cambio de gobierno y de leyes, que ha quedado inconclusa en sus propósitos de democratización y de una revolución social, el cambio de la estructura económica, que se pretende alejar del horizonte.